martes, 4 de abril de 2023

A LOS TANTOS JUDAS DE LA POLÍTICA ARGENTINA, DE AYER Y DE HOY- PIDAN PERDÓN Y VÁYANSE


 16 de mayo de 1947

Viernes.

Dice Jesús:

<<¿Quieres saber cuál fue el Apóstol que amó más que cualquier otro? Fue Juan, en verdad. Amó más antes y después de la Pasión; antes y después de Pentecostés. Yo y él: dos océanos de amor, de los cuales el segundo es poco  menor que el primero, en él que se vierte y funde. ¿Y cuál es el apóstol que amé más? Fue Judas de Keriot. No me mires con esos ojos asombrados, no te sobresaltes. Es así. Amé a Judas de Keriot más que a cualquier otro. Ahora voy a explicártelo y comprenderás.

Juan era el predilecto. Ya se sabe. Es verdad. Era bueno, puro, fiel. Era natural que atrajera el amor de Dios y el amor del Hombre, es decir, el amor de Jesús Dios-Hombre. Pero dime: ¿es más fatigoso cumplir una acción que exige un esfuerzo continuo y que ya con anterioridad sabemos que es inútil, o cumplir otra que, en lugar de esfuerzo, da júbilo y reposo? Es más fatigosa la primera, ¿no es verdad?

Y ¿quién tendrá mayor mérito?: ¿el que cumple la primera o la segunda?, ¿el que cumple la primera, hecha con el único fin de cumplir completamente el propio deber, sin esperanzas de obtener una recompensa, o la segunda que, en cada  minuto, nos gratifica ampliamente por lo que hacemos? Tendrá mayor mérito el que cumple la primera.

Y te digo aún: ¿sabes qué tipo de amor tiene el que, sólo por un amor y un deber heroicos hacia Dios y hacia los hermanos, sigue ocupándose y preocupándose de beneficiar al hermano malvado para intentar volverle bueno y dar gloria al Señor? Tiene un amor perfecto. Este tipo de amor que lo cumple todo y todo lo perdona, que lo supera todo, llevado por el fin perfecto de hacer una obra grata a Dios. ¿No lo logra? ¿Ya se sabe que no lo logrará? ¿Se sabe que Dios sabe que no lo logrará? No importa. Lo hace lo mismo. Es el heroísmo del deber cumplido a la perfección. Y también demuestra la perfección del sentimiento, porque si uno no amase en Dios a uno que se sabe que es un delincuente, traidor, incorregible en sus sentimientos perversos, no podría amar a un delincuente tal.

Pero le ama porque experimenta el amor sublime que henchía mi corazón en la Cruz, cuando Yo no rezaba por los justos e invocaba, en cambio, el perdón del Padre para los que eran mis asesinos.

Es el amor que Yo quiero en ti para con todos los que te odian… ¡Si supieras qué milagros obra este amor que damos a nuestros enemigos irreducibles, a los inconvertibles! Son milagros directos, para ellos mismos –como fue el amor de Esteban por Saulo, ese amor que le obtuvo el encuentro Conmigo camino a Damasco-, o milagros indirectos.

El amor no se pierde. Ni siquiera una parte infinitesimal de amor, de esta moneda, de esta levadura, de este bálsamo que es el amor, queda sin dar frutos porque la recogen los ángeles, la nota Dios, sube al tesoro de los Cielos y allí -

¡oh, misteriosas operaciones de Dios!- sirve para adquirir, para hacer crecer y curar almas esclavas de Satanás, almas estáticas en su justicia apenas delineada, almas heridas y enfermas. El amor que ofrecemos por la conversión de quienes nos crucifican y que nos da frutos para ellos debido a su perversa voluntad, va a fecundar para la gracia otras almas, desconocidas en la Tierra y que, en cambio, serán conocidas en el Cielo.

Escúchame aún, para volver a Judas. He dicho: “Al que mucho ama, mucho se le perdona” 1 . Es verdad y es justo. Cuanto más uno ama, más merece el perdón del que ha sido ofendido. Pero también es exacto que quien más perdona, demuestra amar mucho. Y el que siempre lo perdona todo, lo perdona siempre, hasta la llegada de la hora del juicio, no sólo ama mucho, ama totalmente. Así amé a Judas de Keriot. Le amé totalmente. También a otros les amé así, especialmente a Juan. Mas era justo amarles así. Eran buenos, aun en sus (Lucas 7, 47.)  defectos, y me amaban con todas sus fuerzas. ¿Eran fuerzas mínimas, imperfectas? ¿Siguieron siéndolo hasta el final, hasta que el Espíritu Santo las renovó? No importa. Eran todas las fuerzas que tenían. ¡Pero a Judas!, ¡a Judas!, ¡amar a Judas!, ¡amar totalmente a Judas, aun no ignorando los mínimos repliegues de su tenebroso corazón!, ¡amarle porque está dicho “amarás a tu prójimo como a ti mismo”(2) ! Ves, alma mía, muchos repiten esta exhortación desde el púlpito, desde la cátedra, desde el altar y el confesionario… y creen conocerla bien porque dicen:

“El segundo mandamiento es amar al prójimo como a sí mismos”. Mas pocos, pocos maestros en el espíritu, a los muchos ignorantes en el espíritu hacen considerar un aspecto esencial del mandamiento de amor. Y es éste. Se ha dicho:

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” sin aclarar si se trata de un prójimo bueno, de un prójimo malvado, de un prójimo dócil o indócil, de un prójimo afectuoso o llevado a odiar. No está aclarado. Se ha dicho: “Amarás a tu prójimo”. Le amarás por completo, si es bueno o malvado, con un amor gozoso o doloroso, pero siempre lo amarás todo a él.

Este amor que abarca a todo prójimo exige un espíritu cabal de misericordia, de mansedumbre, de humildad, ¡porque es difícil, sí, muy difícil amar a determinados prójimos! Hay que estar muy, muy, muy bien fundados en la caridad para poder hacerlo. Mas tampoco aquí os falta el modelo. He aquí vuestro Modelo: ¡soy Yo, Jesús! Imitadme y seréis perfectos, tal como Yo lo deseo para vuestro eterno gozo.

La horrenda y tenebrosa figura de Judas, que tan ampliamente he revelado en la Obra, no carecía de fin. ¡Por cierto no me he deleitado en ilustrar esa maraña de serpientes infernales! Mas os la he revelado porque, haciéndolo, también he revelado de qué modo los maestros en el espíritu y también todos los cristianos deben obrar respecto a los muchos Judas que pueblan la Tierra y que ningún hombre deja de encontrar en su jornada mortal…

Les digo a los maestros en el espíritu y a todos: “Imitadme en este perfecto amor y poseeréis un amor semejante al de Jesús, vuestro Maestro”>>.


Fuente; Cuaderno de 1947,  Maria Valtorta