miércoles, 15 de diciembre de 2021

LA LEY MOSAICA APLICADA POR JESUS- NUMEROS 5: 11-31 (TIERRA Y AGUA)




 Por el camino polvoriento se acerca una pequeña guarnición de soldados -seis hombres- junto con otras personas que vienen hablando a voces. Los pastores miran y hablan en tono bajo entre sí. Luego miran a María y a Jesús.

El más anciano habla:

-Entonces ha sido acertado el que no entraras en Belén esta tarde. -¿Por qué?

-Porque aquella gente que ha pasado y ha entrado en la ciudad va para arrebatar un hijo a una madre.

-¿Pero, por qué?

-Para matarlo.

-¡Oh, no! ¿Qué ha hecho?

Jesús también lo pregunta. Los apóstoles se arremolinan para oír.

-Han encontrado muerto en el camino del monte al rico Joel. Volvía de Sicaminón lleno de dinero. De todas formas, no han sido los ladrones, porque el muerto tenía todavía el dinero. El siervo que lo acompañaba dice que su señor le había dicho que se adelantase deprisa para avisar de su regreso; pues bien, por el camino, y dirigido hacia el lugar en que se cometió el homicidio, vio solamente al joven que ahora van a matar. Además, dos del pueblo juran que lo han visto agredir a Joel. Ahora los parientes de la víctima exigen su muerte. Y si es homicida...

-¿No lo crees?

-No lo creo posible. El joven es poco más que un muchacho. Es bueno. Es hijo único y vive siempre con su madre, que es viuda, y además una viuda santa. No pasa necesidad ni piensa en las mujeres ni es un pendenciero, no está desquiciado... ¿Por qué iba a haber matado?

-¿Tiene enemigos?

-¿Quién: Joel, el muerto, o Abel, el acusado?

-El acusado.

-¡Ah! No sabría decirte... Pero... No sé qué decirte.

-Sé franco.

-Señor, es una cosa que pienso; Isaac dice que no se debe pensar mal del prójimo.

-Pero se debe tener la valentía de hablar para salvar a un inocente.

-Si hablo, tenga razón o esté equivocado, me veré obligado a huir de aquí porque Aser y Jacob son poderosos.

-Habla sin miedo. No tendrás que huir.

-Señor, la madre de Abel es joven, guapa y sensata. Aser no es sensato, ni tampoco Jacob; al primero le gusta la viuda y

al segundo... bueno, el pueblo sabe que el segundo es un cuco en el tálamo de Joel. Yo pienso que...

-Comprendo. Vamos, amigos. Vosotras quedaos con los pastores. Volveré pronto.

-No, Hijo. Voy contigo.

Jesús ya se ha echado a andar, diligentemente, hacia el interior de la ciudad. Los pastores permanecen indecisos, pero luego dejan el rebaño a los más jóvenes, que se quedan con todas las mujeres (menos la Madre y María de Alfeo, que siguen a Jesús) y se ponen a caminar para alcanzar al grupo apostólico.

En la tercera travesía de la calle central de Belén se encuentran con Judas Iscariote, Simón, Pedro y Santiago, los cuales vienen ya hacia abajo gesticulando y hablando alto.

-¡Ay, lo que está sucediendo, Maestro... lo que está sucediendo! ¡Qué cosa más triste! - dice Pedro todo impresionado.

-Están quitándole el hijo a una madre por la fuerza para matarlo, y ella lo defiende como una hiena; pero es sólo una mujer contra soldados - añade Simón Zelote.

-Sangra ya por muchas partes - dice Judas.

-Le han echado abajo la puerta porque se había encerrado en su casa - termina Santiago de Zebedeo.

-Voy donde esa mujer.

-¡Oh! ¡Sí! Sólo Tú puedes confortarla.

Giran hacia la derecha, luego a la izquierda, hacia el centro del pueblo. Ya se ve la tumultuosa aglomeración de gente que se mueve agitada y hace presión ante la casa de Abel, y hasta aquí llegan los gritos desgarradores de una mujer, infrahumanos, feroces y lastimosos al mismo tiempo.

Jesús acelera el paso y llega a una placita diminuta -más que una plaza es una curva del camino, que aquí se ensancha- en la cual el tumulto es máximo.

La mujer, aferrada con una mano (que ahora es verdadera garra de hierro) a lo que queda de la puerta abatida, circundando con el otro brazo la cintura del muchacho, disputa su hijo a los soldados; y, si uno trata de separarla, muerde furiosamente, sin hacer caso de los golpes que recibe ni de los tirones de pelo que le dan (tan bestiales, que le vuelven hacia atrás la cabeza); y, cuando no muerde, grita: «¡Dejadlo! ¡Asesinos! ¡Es inocente! ¡La noche del asesinato de Joel dormía a mi lado! ¡Asesinos! ¡Asesinos! ¡Calumniadores! Inmundos! ¡Perjuros!

Y el muchacho, aferrado de los hombros por los que lo capturan, arrastrado por los brazos, se vuelve y, con rostro desencajado, grita:-¡Mamá! ¡Mamá! ¿Por qué tengo que morir si no he hecho nada?

Es un jovencito de buena presencia, alto, grácil, de ojos oscuros y tiernos, pelo negro un poco ondulado. El vestido desgarrado deja ver su cuerpo ágil y juvenil, casi todavía de niño.

Jesús, con la ayuda de los que lo acompañan, incide en la multitud, compacta como una roca, y se abre paso hasta el penoso grupo, precisamente en el momento en que logran separar de la puerta a la mujer, derrengada, y se la llevan, arrastrándola, como un saco unido al cuerpo de su hijo, por el camino pedregoso.

Esto dura poco de todas formas, porque, con un tirón más violento, separan la mano materna de la cintura de su hijo, y la mujer cae boca abajo y se golpea fuertemente la cara contra el suelo, con lo cual sangra más todavía. Enseguida se alza otra vez, sólo de rodillas, y tiende hacia adelante los brazos, mientras su hijo -se lo llevan rápidamente, en la medida en que lo permite la muchedumbre, que se abre con dificultad- logra liberar el brazo izquierdo, lo agita y, torciéndose hacia atrás, grita:

-¡Mamá! ¡Adiós! ¡Recuerda, tú al menos, que soy inocente!

La mujer lo mira con ojos de loca y cae al suelo sin conocimiento.

Jesús se presenta delante del grupo de apresadores.

-Deteneos un momento. ¡Os lo ordeno! (Su rostro no admite réplica).

-¿Quién eres? - dice, agresivo, uno de la ciudad que está en el grupo - No te conocemos. Apártate y déjanos seguir para que muera antes de que se haga de noche.

-Soy un Rabí. El más grande. En nombre de Jeohveh, deteneos, u os fulminará. (Ya parece fulminar Él). ¿Quién testifica

contra éste?

-Yo, él y él - responde el que había hablado antes.

-Vuestro testimonio no es válido porque no es verdadero.

-¿Qué te autoriza a decirlo? Podemos jurarlo.

-Vuestro juramento es pecado.

-¿Pecar nosotros? ¿Nosotros?

-Vosotros. De la misma forma que albergáis lujuria, nutrís odio, ambicionáis riquezas y sois homicidas, sois también perjuros. Os habéis vendido a la Inmundicia. Podéis cumplir cualquier indecencia.

-¡Ten cuidado con lo que dices! Soy Aser...

-Y Yo soy Jesús.

-No eres de aquí, no eres ni sacerdote ni juez. No eres nada. Eres un extranjero.

-Sí, soy el Extranjero porque la tierra no es mi Reino. Pero soy Juez y Sacerdote, no sólo de esta pequeña parte de Israel, sino de todo Israel y de todo el mundo.

-¡Vamos, vamos, que éste es un loco! - dice el otro testigo, y da un empujón a Jesús para apartarlo.

-Tú no das un solo paso más - dice Jesús con voz de trueno y mirándolo con una mirada de milagro, que, de la misma forma que devuelve vida y alegría, también subyuga y paraliza cuando quiere - ¡Tú no das un solo paso más! ¿No crees en lo que digo? Pues bien, entonces mira. Aquí no hay ni tierra ni agua del Templo, (Tierra... agua... juicio de celos y adulterio: se trata del juicio de Dios según la prescripción mosaica de Números 5, 11-31) ni hay palabras escritas con tinta para hacer amarguísima al agua que es juicio de celos y adulterio. Pero estoy Yo, y Yo juzgo.La voz de Jesús es tan penetrante, que suena como toque de trompeta.

La gente se arremolina tratando de ver. Sólo María Santísima y María de Alfeo se han quedado a socorrer a la madre desvanecida.

-Y hago juicio así: dadme un puñado de tierra del camino y un poco de agua en una orza; mientras me lo traen, vosotros, los acusadores, y tú, el acusado, respondedme. Hijo, ¿eres inocente?; dilo con sinceridad a tu Salvador.

-Lo soy, Señor.

-Aser, ¿puedes jurar que no has dicho sino la verdad?

-Lo juro. No tendría motivo para mentir. Lo juro por el altar. Baje del Cielo un fuego que me queme si no digo la verdad.

-Jacob, ¿puedes jurar que tu acusación es sincera y que no te impulsa a mentir un motivo secreto?

-Lo juro por Yeohveh. Si hablo es sólo por amor a mi amigo asesinado. No tengo nada personal contra éste.

-Y tú, siervo, ¿puedes jurar que has dicho la verdad?

-¡Si hace falta lo juro mil veces! ¡Mi amo, mi pobre amo!...- y llora cubriéndose la cabeza con el manto.

-Bien. Aquí están el agua y la tierra. Las palabras son éstas: "Tú, Padre santo y Dios altísimo, cumple juicio verdadero por medio de mí. Para que reciban: el inocente, vida; honor, la madre desolada. Para que reciba digno castigo quien no es inocente. Pero, por la gracia de que gozo ante tus ojos, no les venga a los que han cometido pecado ni llama ni muerte, sí una larga expiación"

Dice estas palabras mientras mantiene extendidas las manos sobre la orza, como hace el sacerdote en el altar durante la Misa, en el ofertorio. Luego mete la derecha en la orza y, con la mano mojada de agua asperja a los cuatro que sufren el juicio, y les hace beber un sorbo de esa agua; primero al joven, luego a los otros tres. Después cruza los brazos y los mira.

También la gente mira, pero, pasados unos momentos, lanzan un grito y se arrojan rostro en tierra. Entonces los cuatro, que estaban en fila, se miran unos a otros, y a su vez gritan: el primero, el joven, de estupor; los otros, de horror (en efecto, han visto cubierto su rostro de repentina lepra, una lepra de la que el joven ha quedado inmune).

El siervo se arroja a los pies de Jesús, el cual se aparta como todos, soldados incluidos (y se aparta, además, cogiendo de la mano al jovencito Abel, para que no se contamine con la cercanía de los tres leprosos). El siervo grita:

-¡No! ¡No! ¡Perdón! ¡Estoy leproso! Han sido ellos, que me pagaron para que retrasara hasta la noche a mi señor, y así agredirle en el camino desierto. Me hicieron expresamente quitarle las herraduras a la mula. Me enseñaron la mentira de que me había adelantado, cuando la realidad era que estaba con ellos para matarlo. Y digo también por qué lo han hecho: porqueJoel se había dado cuenta de que Jacob amaba a su joven esposa, y porque Aser deseaba a la madre de éste y ella lo rechazaba.

Se pusieron de acuerdo para liberarse de Joel y de Abel juntos y gozarse las mujeres. He dicho. ¡Quítame la lepra, quítamela!

¡Abel, tú que eres bueno ruega por mí!

-Ve adonde tu madre. Que cuando se recobre vea tu cara y vuelva a la vida serena. Y vosotros... A vosotros os debería decir: "Hágase con vosotros lo que vosotros habéis hecho". Sería humanamente justo. Pero quiero confiaros a una expiación sobrehumana. La lepra de que os horrorizáis os salva de que os prendan y os maten, como merecéis. Pueblo de Belén, apártate, ábrete como las aguas del mar para dejar que éstos partan para su larga condena, ¡Tremenda condena! Más terrible que una muerte rápida. Y es misericordia divina, para darles el modo de enmendarse, si quieren. ¡Idos!

La gente se retira hacia las paredes de las casas, dejando así libre el centro de la calle; y los tres, cubiertos de lepra como si ya desde años atrás estuviesen enfermos, van, uno tras otro, hacia la montaña. Y en el silencio y el crepúsculo quedescienden y han hecho callar toda voz de aves y cuadrúpedos, sólo se oye su llanto.

-Purificad el camino con fuego y abundante agua. Vosotros, soldados, id y referid cómo se ha hecho justicia según la más perfecta ley mosaica.

Y Jesús hace ademán de querer volver hacia donde están su Madre y María Cleofás socorriendo todavía a la mujer, que  lentamente vuelve en sí mientras su hijo acaricia y besa sus manos heladas; pero la gente de Belén, con un respeto que es casi terror, ruega:

-¡Háblanos, Señor! Eres realmente poderoso. Eres, sin duda, aquel de quien habló el hombre que pasó por aquí anunciando al Mesías.

-Hablaré por la noche cerca del aprisco de los pastores. Ahora voy a confortar a la madre de Abel.

Y va hacia la mujer, la cual, sentada en el regazo de María de Alfeo, vuelve cada vez más en sí, y mira al rostro amoroso de María, que le sonríe. Pero no comprende... hasta que baja su mirada y la fija en la cabeza morena de su hijo, que está inclinado hacia sus manos temblorosas, y pregunta:

-¿Yo también estoy muerta? ¿Esto es el Limbo?

-No, mujer, es la Tierra; éste es tu hijo, salvado de la muerte; y este es Jesús, mi Hijo, el Salvador.

La primera reacción de la mujer es un movimiento lleno de humanidad: reúne sus fuerzas y alarga su cuerpo hacia su hijo, le coge la cabeza agachada, lo ve vivo y sano, y lo besa frenéticamente, llorando, riendo, recordando todos los nombres de la cuna para expresarle su alegría.

-Sí, mamá, sí; pero ahora no me mires a mí, sino a Él, a Él, que me ha salvado. Bendice al Señor.

La mujer, aún demasiado débil para ponerse en pie o arrodillarse, alarga sus manos, todavía temblorosas y sangrantes, toma la mano de Jesús y la cubre de besos y lágrimas.

Jesús le pone la mano izquierda sobre la cabeza y le dice:

-Sé feliz. En paz. Sé siempre buena. Y tú también, Abel.

-No, Señor mío. Mi vida y la de mi hijo son tuyas, porque Tú las has salvado. Deja que él vaya con los discípulos, como ya deseaba desde que estuvieron aquí. Te lo doy con gran alegría, y te ruego que me permitas seguirle para servirle a él y a los siervos de Dios.

-¿Y tu casa?

-Señor, ¿puede acaso uno que ha resucitado de la muerte seguir teniendo los mismos afectos que tenía antes de morir?! Mirta ha resurgido por ti de la muerte y del infierno. Si permanezco en esta ciudad, podría llegar a odiar a los que me han torturado en mi hijo, y Tú sé que predicas el amor. Deja, pues, que la pobre Mirta ame al Único que merece amor, y a su misión y a sus siervos. Ahora me siento todavía agotada, no podría seguirte; pero, en cuanto pueda, permítemelo, Señor. Te seguiré a ti y estaré con mi Abel...

-Seguirás a tu hijo y a mí con él. Sé feliz. Queda en paz ahora, con mi paz. Adiós.

Y, mientras la mujer con la ayuda de su hijo y de algunos otros compasivos entra en su casa, Jesús, con los pastores, los apóstoles, su Madre y María de Alfeo, sale del pueblo y se dirige hacia el aprisco, sito al extremo de una calle que termina en los campos...

... Una gran fogata está encendida para iluminar la reunión. Sentados en semicírculos en los campos, muchas personas esperan a que Jesús vaya y les hable. Entretanto ellos conversan de las cosas que han pasado durante el día. Entre ellos está también Abel, con el cual muchos se felicitan diciendo que todos creían en su inocencia.

-¡Pero me habríais matado! Incluso tú -no puede contenerse de responder el jovencito, que me habías saludado delante de la puerta de casa precisamente a la hora en que asesinaron a Joel.

 Y añade:

-Pero te perdono en nombre de Jesús.

Jesús ya ha salido del aprisco y está yendo hacia ellos. Alto, vestido de blanco, en medio de los apóstoles, seguido por los pastores y las mujeres.

-Paz a todos vosotros.

-Si el hecho de haber venido ha valido para instaurar el Reino de Dios entre vosotros, bendito sea el Señor; si haber venido ha valido para hacer brillar la inocencia, bendito sea el Señor; si haber llegado a tiempo de impedir un delito sirve para dar a tres que son culpables el modo de redimirse, bendito sea el Señor. Ahora bien, de entre todas las cosas que esta jornada sugiere meditar, y que meditaremos mientras la noche desciende a envolver en tinieblas la alegría de dos corazones y el remordimiento de otros tres - y en sus tinieblas esconde, como bajo un púdico velo, las lágrimas de gozo de los primeros y las lágrimas abrasadoras de los otros; mas Dios las ve-, entre todas estas cosas, está la que indica que nada de lo que Dios ha dado como Ley es inútil.Israel observa mucho, sólo nominalmente, la Ley que Dios ha dado; en realidad no la observa. Ahí está la Ley. La analizan, la escrutan, la descuartizan... hasta que muere torturada con minuciosas sutilezas. Ahí está. Pues bien, de la misma forma que un cadáver momificado no tiene vida ni respiración ni circulación de sangre (a pesar de tener la apariencia de alguien que, inmóvil, duerme), la Ley tampoco tiene vida ni respiración ni sangre en demasiados corazones; demasiados, demasiados. En una momia uno se puede sentar como si fuera una banqueta; en ella se pueden apoyar objetos, vestidos o inmundicias, si se quiere, y no se rebela porque no tiene vida. Así, muchos hacen de la Ley una banqueta, un apoyo, un lugar donde arrojar sus porquerías, seguros como están de que no se rebelará en su conciencia, porque para ellos ha muerto.

Podría comparar a buena parte de Israel con los bosques petrificados que se ven diseminados por el valle del Nilo y en el desierto egipcio. Eran verdaderos bosques, de árboles vivos nutridos de savia, susurrante su follaje bajo el sol, bellos con sus abundantes frondas, flores y frutos. Hacían del lugar en que se alzaban un pequeño paraíso terrenal, grato a hombres y animales, que olvidaban la aridez desolada del desierto, la sed abrasadora que las arenas, penetrando en la garganta con su polvo ardiente, producen en el hombre; olvidaban al despiadado sol que calcifica en poco tiempo los cadáveres, descargándolos, consumiendo sus carnes y convirtiéndolas en polvo, dejando yacentes, entre las curvas de las arenas, abundantes esqueletos, limpios como por la mano de un atento artesano; olvidaban todo en la verde sombra, susurrante, rica de frutos y agua que daban nuevas fuerzas, aliviaban, devolvían el coraje para nuevos trayectos.

Luego, por causa desconocida, cual cosas malditas, no sólo se secaron, como los árboles que cuando mueren sirven todavía para encender fuego en los hogares del hombre, o sirven a los peregrinos de países lejanos para hacer hogueras que iluminen la oscuridad, mantengan alejadas a las fieras y disipen la humedad de la noche; no sólo se secaron, sino que no sirvieron tampoco para leña: se hicieron de piedra; piedra. Parecía como si, por un sortilegio, la sílice del suelo hubiera subido de las raíces al tronco, a las ramas, a las hojas; luego, los vientos quebraron las ramitas más delgadas, que se habían hecho como de alabastro, duro y frágil al mismo tiempo. Pero las ramas más resistentes están allí, unidas a sus fuertes troncos, para engaño de las cansadas caravanas, que con el reflejo cegador del sol o la luz espectral de la luna ven perfilarse las sombras de los troncos que se alzan enhiestos en las llanuras elevadas o en el fondo de esos valles que reciben el agua sólo durante las fecundas crecidas; caravanas que, por el ansia de un refugio, de alivio, de un pozo, de frutos frescos, y por el cansancio de los ojos cegados por el sol en las arenas desprotegidas, se lanzan hacia los bosques fantasmas, ¡verdaderamente fantasmas!: ilusoria apariencia de cuerpos vivos; real presencia de cosas muertas.

Yo los he visto. Me quedaron impresos, a pesar de que fuera poco más de un párvulo, como una de las cosas más tristes de la Tierra; así me parecieron hasta que no toqué, medí, pesé, las cosas totalmente tristes de la Tierra, totalmente tristes por estar completamente muertas. Las cosas inmateriales, o sea, las virtudes y almas muertas: las primeras, muertas en las almas; las almas, muertas por haberse matado.

"La Ley está en Israel, pero su presencia es como la de los árboles petrificados en el desierto. Han venido a ser sílice.

Muertos. Objeto de engaño. Objeto destinado a disgregarse sin servir; antes al contrario, perjudicando, porque crean espejismos que seducen y, atrayendo hacia su muerte, alejan de los verdaderos oasis, y hacen morir de sed, de hambre, de desolación. Es una muerte que atrae a otros a la muerte, como se lee en algunas fábulas de mitos paganos.

Hoy habéis tenido un ejemplo de lo que es una Ley reducida a piedra en un alma también petrificada: es pecado de todo tipo, creador de desventura. Que os sirva para saber vivir, y saber hacer revivir la Ley en vosotros, con toda su integridad iluminada por mí con luces de misericordia.

La noche está solemne. Las estrellas nos miran y con ellas Dios. Alzad la mirada al cielo estrellado y elevad el espíritu a Dios. Y, sin críticas hacia esos desdichados que ya han recibido el castigo de Dios, y sin orgullos por no tener su pecado, prometed a Dios y prometeos a vosotros mismos no caer en la aridez de los árboles malditos de los desiertos y valles de Egipto.

La paz sea con vosotros.

Los bendice y luego se retira al vasto recinto del aprisco, rodeado de rústicos pórticos, bajo los cuales los pastores han extendido mucho heno para que sirva de lecho a los siervos del Señor.

María Stma. instruye a Judas Iscariote sobre el deber preeminente de la fidelidad a Dios

La mañana calma y luminosa favorece la marcha. Van salvando colinas orientadas hacia el oeste, o sea, hacia el mar.

-Hemos hecho bien en llegar a los montes a las primeras horas de la mañana. Con este sol no habríamos podido estar en la llanura. Aquí hay sombra y frescor. Me dan pena los que siguen la vía romana. Buena para el invierno - dice Mateo.

-Después de estas colinas tendremos el viento del mar, que siempre templa el aire - dice Jesús.

-Comeremos allá, en aquella cima. El otro día era muy bonito, y desde aquí debe serlo todavía más porque el Carmelo

Aunque no pueda salvar al mundo, porque el mundo no quiere ser salvado, salvaré del mundo a aquellos que, por amarme como debo ser amado, no son ya del mundo.

 



Dice Jesús:

-Muchas veces no espero siquiera a ser llamado, cuando veo a hijos míos en peligro. Y muchas veces acudo también en favor del hijo ingrato conmigo.Vosotros dormís o estáis embebidos en los cuidados de esta vida, en los afanes de esta vida. Yo velo y oro por vosotros.Ángel de todos los hombres, velo sobre vosotros, y para mí no hay nada más doloroso que el no poder intervenir por rechazarvosotros mi intervención, prefiriendo actuar por vosotros mismos, o, peor aún, solicitando la ayuda del Mal. Como un padre al que su hijo le da a entender: "No te amo. No te quiero conmigo. Sal de mi casa", quedo humillado y dolorido como no lo estuvepor las heridas. Pero si lo que pasa es que estáis distraídos por esta vida y mínimamente no me instáis a que me vaya, entonces soy el eterno Velador dispuesto a acudir antes incluso de ser llamado. Y si espero a que apenas me digáis una palabra -algunavez lo espero - es para oír vuestra llamada.

¡Qué caricia, qué dulzura oír que me llaman los hombres; percibir que se acuerdan de que soy "Salvador"! Y no te digo qué infinita alegría me penetra y exalta cuando hay alguien que me ama y me llama incluso sin esperar el momento de la necesidad; que me llama porque me quiere más que a nadie en el mundo y se siente llenar de una alegría semejante a la mía por el simple hecho de llamarme: "¡Jesús, Jesús!", como hacen los niños cuando llaman a sus madres: "¡Mamá, mamá!" y les parece como si fluyera miel de entre sus labios, pues el simple hecho de pronunciar la palabra "mamá" conlleva el sabor de los besos maternos.

Los apóstoles bogaban, obedeciendo a mi orden de que fueran a esperarme a Cafarnaúm. Yo, tras el milagro de los panes, me había alejado de la gente, no por desdén hacia ella o por cansancio.

Nunca sentía desdén hacia los hombres, ni siquiera si conmigo eran malos. Sólo me indignaba cuando veía pisoteada la Ley y profanada la casa de Dios. No estaba entonces en juego Yo, sino los intereses del Padre; y Yo era en la tierra el primero de los siervos de Dios al servicio del Padre de los Cielos. Nunca estaba cansado de dedicarme a las muchedumbres, a pesar de verlas tan obtusas, tardas, humanas, como para hacer perder el ánimo a los más optimistas en su misión. Es más, precisamente por estas grandes deficiencias, multiplicaba hasta el infinito mis lecciones, los consideraba verdaderamente como escolares retrasados y guiaba su espíritu hacia los más rudimentales descubrimientos y pasos primeros, de la misma forma que un paciente maestro guía las manitas inexpertas de los escolares para que tracen los primeros signos, para irlos haciendo cada vez más capaces de comprender y hacer. ¡Cuánto amor di a las gentes! Los cogía de la carne para llevarlos al espíritu. Sí, Yo también empezaba por la carne; pero, mientras que Satanás coge de la carne para meter en el Infierno, Yo cogía de la carne para llevar al Cielo.

Me había aislado para dar gracias al Padre por el milagro de los panes. Habían comido muchos millares de personas. Yo había exhortado a decir al Señor "gracias". Mas el hombre, una vez conseguida la ayuda, no sabe decir "gracias". Di Yo las gracias por ellos.

Y después... y después me había fundido con mi Padre, del cual sentía una nostalgia de amor infinita. Vivía en la tierra,  pero como un cadáver inerte. Mi espíritu se había lanzado al encuentro de mi Padre -lo sentía inclinado hacia su Verbo- para decirle: "¡Te amo, Padre Santo!". Decirle "te amo" era mi dicha. Decírselo como Hombre además de como Dios. Prosternar ante Él el sentimiento del hombre, de la misma forma que le ofrecía mi palpitar de Dios. Me veía como un imán que atraía hacia sí todos los amores del hombre, del hombre capaz de amar un poco a Dios; y me parecía acumularlos y ofrecerlos en la cavidad de mi Corazón. Me veía Yo solo el Hombre, o sea, la raza humana, que volvía -como en los tiempos inocentes-a conversar con Dios con el fresco del atardecer.

Pero no me abstraía de las necesidades de los hombres, a pesar de que la beatitud fuera completa, pues era beatitud de caridad. Y advertí el peligro que corrían mis hijos en el lago. Entonces dejé al Amor por el amor. La caridad debe ser diligente.

Me tomaron por un fantasma. ¡Oh, cuántas veces, pobres hijos míos, me tomáis por un fantasma, un objeto que infunde miedo! Si pensarais continuamente en mí, me reconoceríais al momento. Pero tenéis muchos otros espectros en vuestro corazón y ello os aturde. Yo me doy a conocer. ¡Ah, si supierais oírme! ¿Por qué se hunde Pedro después de haber andado muchos metros? Tú lo has dicho: porque la humanidad sobrepuja su espíritu. Pedro era muy "hombre". Si hubiera sido Juan, ni habría tenido esa violenta osadía ni habría cambiado volublemente de pensamiento. La pureza da prudencia y firmeza. Mas Pedro era "hombre" en toda la extensión del término. Deseaba sobresalir, hacer ver que "ninguno" como él amaba al Maestro; quería imponerse y, sólo por el hecho de ser uno de los míos, se creía ya desarraigado de las debilidades de la carne. Sin embargo, ¡pobre Simón!, en las pruebas daba muestras contrarias no sublimes. Ello era necesario, para que luego fuera el que perpetuase la misericordia del Maestro entre la naciente Iglesia.

Pedro no sólo deja la delantera al miedo por el peligro de perder la vida, sino que queda reducido, como has dicho, a "carne que tiembla". Ya no reflexiona, ni me mira. También vosotros hacéis lo mismo. Y, cuanto más inminente es el peligro, más queréis valeros por vosotros mismos. ¡Como si pudierais hacer algo! Nunca como en los momentos en que tendríais que esperar en mí, y llamarme, os alejáis y me clausuráis vuestro corazón, y hasta me maldecís. Pedro no me maldice, pero sí me olvida, con lo cual tengo que manifestar una voluntad imperiosa para llamar hacia mí a su espíritu y que éste le haga levantar los ojos hacia su Maestro y Salvador.

Lo absuelvo con antelación de su pecado de duda porque lo amo, porque amo a este hombre impulsivo que, una vez confirmado en gracia sabrá caminar ya sin turbaciones ni cansancios hasta el martirio, echando incansablemente, hasta la muerte, su mística red, para llevar almas a su Maestro.Y cuando me invoca, no sólo ando, sino que vuelo para ayudarle y le agarro bien fuerte para ponerlo a salvo. Mi reprensión es delicada porque comprendo todos los atenuantes de Pedro. Yo soy el defensor y juez más bueno que hay y que jamás habrá. Para todos.

¡Os comprendo, pobres hijos míos! Y aun cuando os digo una palabra de reprensión, mi sonrisa os la dulcifica. Os amo y nada más. Quiero que tengáis fe. Si la tenéis, llego y os saco del peligro. ¡Ah, si la Tierra supiera decir: "¡Maestro, Señor,  sálvame!"! Sería suficiente un grito -habría de ser de toda la Tierra- para que instantáneamente Satanás y sus colaboradores cayeran vencidos. Pero no sabéis tener fe. Voy multiplicando los medios para conduciros a la fe, pero éstos caen en vuestrolodo, como piedra en la fanguilla de un pantano, y quedan ahí sepultados.

No queréis purificar las aguas de vuestro espíritu. Os place ser pútrido fango. No importa. Yo cumplo mi deber de Salvador eterno. Aunque no pueda salvar al mundo, porque el mundo no quiere ser salvado, salvaré del mundo a aquellos que, por amarme como debo ser amado, no son ya del mundo.