lunes, 23 de febrero de 2026

¡Yo no te conozco! ¿Será Dios demasiado severo por pronunciar este veredicto?

 Una ola de amor a Jesús, que en Yuttá habla desde la casita de Isaac Toda Yuttá corre al encuentro de Jesús,

 Con flores silvestres de las laderas de sus montes y con las primicias de los frutos de sus campos, además de las sonrisas de sus niños y las bendiciones de sus habitantes. Antes de que Jesús ponga pie en el pueblo, se ve rodeado de estas buenas personas que, avisadas por Judas de Keriot y Juan, que habían sido enviados con anticipación, acuden a honrar al Salvador con las cosas mejores que han encontrado; sobre todo, con su amor. Jesús no hace otra cosa sino bendecir con el gesto y la palabra a las personas, adultos o niños, que están pegadas alrededor de Él y besan sus vestiduras y sus manos, o que depositan en sus brazos, para que los bendiga con un beso, a los lactantes; la primera que lo hace es Sara: le pone en su corazón a ese espléndido nene de diez meses que es ya Iesaí. Tan impetuoso es el amor, que hace difícil proseguir el camino; no obstante, es como una ola que aligera. Creo que Jesús camina, más por el impulso de esta ola que por el de sus propios pies. Sin duda, la alegría que le proporciona este amor eleva su Corazón bien alto, al cielo sereno. Su rostro refulge como en los momentos de más viva alegría de Hombre-Dios; no es ese rostro de poder, de magnética mirada, de cuando realiza milagros; tampoco es el rostro majestuoso de cuando expresa su unión continua con el Padre, ni el severo de cuando reprime un pecado: todos esplendorosos, aunque con diversa luminosidad. La luz de ahora es la de las horas de distensión de todo su yo, agredido por todas partes, obligado a vigilar siempre hasta los más mínimos gestos o palabras, suyos o de los demás, rodeado de todas las asechanzas de este mundo que lanzan - maléfica tela de araña - sus hilos satánicos para envolver a la divina Mariposa que es e1 Hombre-Dios, queriendo paralizar su vuelo y aprisionar su espíritu, para que no salve al mundo; queriendo amordazar su palabra, para que no instruya a los supremos y culpables ignorantes de la tierra; atar sus manos, para que no santifiquen - sus manos de Sacerdote eterno - a los hombres corrompidos por el demonio y la carne; tapar sus ojos, para que la perfección de su mirada, verdadero imán, perdón, amor, encanto que vence toda resistencia excepto la del perfecto Satanás, no atraiga hacia sí a los corazones. ¡Oh! ¿Es que, acaso, no sigue siendo así con Cristo por obra de sus enemigos? ¿Es que hoy día, la Ciencia y la Herejía, el Odio y la Envidia, los enemigos de la Humanidad, nacidos de la misma Humanidad cual ramas envenenadas en árbol bueno, no hacen, acaso, todo esto para que la Humanidad muera; ellos, que la odian más aún que a Cristo, puesto que la odian activamente privándola de su alegría al descristianizarla, mientras que a Jesús no pueden quitarle nada siendo Él Dios y ellos polvo? Sí, lo hacen. Mas Cristo se refugia en los corazones fieles, y desde allí mira habla, bendice a la Humanidad, y luego... y luego se da a estos corazones, y ellos... y ellos, aunque permanezcan aquí, tocan el Cielo bienaventurado, y arden hasta el punto de que todo su ser sufre un delicioso tormento: los sentidos, los órganos, los sentimientos, el pensamiento y, en fin, el espíritu... Lágrimas y sonrisas, gemidos y canto, agotamiento y urgencia de vida, son nuestros compañeros; más que compañeros: son nuestro propio ser, porque de la misma forma que los huesos están en la carne, y las venas y los nervios bajo la epidermis y todo ello constituye un solo hombre, igualmente estas cosas, verdaderamente encendidas, nacidas del hecho de que Jesús se ha dado a nosotros, están en nosotros, en nuestra pobre humanidad. ¿Y, qué somos nosotros en esos momentos, que no pueden ser eternos, porque si durasen más de algunos instantes moriríamos abrasados o fragmentados? No basta ya decir que somos hombres. No basta ya decir que somos animales dotados de razón que viven sobre la faz de la tierra. Somos, somos, ¡oh, Señor, déjame decirlo al menos una vez, no por soberbia, sino para cantar tus alabanzas, porque tu mirada me quema y me hace delirar!... ¡Somos serafines!, y me sorprende grandemente que de nosotros no salgan llamas y ardores sensibles para las personas y la materia, como sucede en las apariciones de los réprobos. Porque, si el fuego del Infierno es tal que basta un reflejo emanado de un réprobo para quemar la madera y derretir los metales - y ello es verdad -, ¿qué será tu fuego, ¡oh Dios!, que eres infinito y perfecto en todo? No morimos, no, de fiebre, no es ella la que nos quema, no nos consumimos de fiebre proveniente de enfermedades de la carne. ¡Tú eres nuestra fiebre, Amor! De esto se arde, se muere, nos consumimos, de esto y por esto se desgarran las fibras del corazón que no puede resistir tanto. Pero... no, digo mal, porque el amor es delirio, cascada que hace pedazos los diques y baja abatiendo todo lo que no es él; el amor es un agolparse de sensaciones en la mente, todas verdaderas, todas presentes... pero que la mano no puede transcribir, porque la mente es demasiado veloz en traducir en pensamiento el sentimiento que experimenta el corazón. No es verdad que morimos. Vivimos. Es una vida multiplicada por diez, una vida binaria: como hombres y como bienaventurados: la de la tierra y la del Cielo. Tengo la certeza de que no sólo se alcanza, sino que se supera, esa vida sin taras, sin menguas ni limitaciones, que Tú, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Tú, Dios Creador, uno y trino, habías dado a Adán; esa vida que era preludio de la Vida que habría de gozarse en el Cielo tras un pacífico paso, en los amorosos brazos de los ángeles - como el dulce sueño y asunción de María al Cielo -, del Paraíso terrenal al celestial, para ir a ti, a ti, a ti... Vivimos la verdadera Vida. Y luego nos encontramos de nuevo aquí, y, como yo ahora, nos asombramos, nos avergonzamos de haber ido tan allá, y decimos: Señor, no soy digno de tanto. Perdona, Señor», y nos damos golpes de pecho porque sentimos un gran miedo a haber cometido un acto de soberbia, y uno corre un velo, más espeso, para cubrir el resplandor, el cual no sigue llameando, por compasión hacia nuestra limitación, en modo supercompleto, sino que se recoge en el centro de nuestro corazón en espera de volver a arder con poderosa llama en un nuevo momento de beatitud querido por Dios. Uno corre el velo para cubrir el sagrario en que Dios arde con su fuego, su luz, su amor... y, agotados, aunque también regenerados, reanudamos el camino como... embriagados con un vino fuerte y delicado, que no obnubila la razón; antes bien, nos preserva de dirigir nuestra mirada o nuestros pensamientos hacia lo que no es el Señor, Tú, mi Jesús, eslabón de juntura entre nuestra miseria y la Divinidad, medio de redención para nuestra culpa, creador de beatitud para nuestra alma; , Hijo, que con tus manos heridas metes las nuestras entre las manos espirituales del Padre y del Espíritu Santo, para que estemos y permanezcamos, ahora y siempre, en Vosotros. Amén. Jesús entra en Yuttá. Lo llevan a la plaza del mercado, y de aquí a la mísera casucha en que Isaac se consumió durante treinta años. Le explican: -Aquí venimos a hablar de ti y a orar, como si fuera una sinagoga; la más auténtica, porque aquí hemos empezado a conocerte, aquí las oraciones de un santo te han llamado para venir a nosotros. Entra. Mira cómo lo hemos preparado. La casita, que no más de un año antes se componía de tres cuartuchos - el primero, donde Isaac, enfermo, mendigaba; el segundo un tabuco; el tercero, una cocinita que daba al patio -, ahora se ha transformado en una única estancia con bancos para las reuniones que allí se celebran. En el patio, en una barraquilla, están los pocos enseres y muebles de Isaac (cada objeto es una reliquia). Con la veneración de los habitantes de Yuttá, el patio presenta ahora un aspecto menos desolado, pues han puesto en él unas enredaderas que con sus flores cubren la rústica estacada y, siguiendo unas cuerdas que han sido extendidas en forma de red sobre el patio, forman un principio de enramada a la altura del techo bajo. Jesús los elogia y dice: -Aquí podemos quedarnos. Sólo os pido una cosa, que alojéis a las mujeres y al niño. -¡No, Maestro nuestro; jamás! Vendremos aquí, contigo, para que nos hables, pero Tú y los tuyos sois nuestros huéspedes. Concédenos la bendición de dar alojamiento a ti y a los siervos de Dios; lo único que sentimos es que no sean tantos como el número de casas... Jesús da su consentimiento y sale de la casita para ir a la de Sara, que no cede a nadie su derecho a invitar a Jesús y a los suyos a comer... Jesús está hablando en la casa de Isaac. La gente abarrota la estancia y el patio, y hasta incluso la plaza; Jesús, para que todos le puedan oír, se pone en el medio de la estancia, de forma que su voz se extienda tanto por el patio como por la plaza. Debe estar hablando de un aspecto que ha surgido de alguna pregunta o de algún hecho. Dice: -«... Pues bien, podéis estar seguros de que, como dice Jeremías, llegada la hora de la verdad, se darán cuenta de lo doloroso y amargo que es haber abandonado al Señor. Amigos, para ciertos delitos no hay nitro ni saponaria capaces de quitar la señal; ni siquiera el fuego del Infierno la corroe: es indeleble. También en este caso debe reconocerse la exactitud de las palabras de Jeremías, pues los grandes de Israel, los nuestros, asemejan las burras salvajes de que habla el Profeta. Están habituados al desierto de su corazón. Creedme: mientras uno está con Dios, aunque sea pobre, como Job, aunque esté solo o desnudo, no está nunca ni solo ni pobre ni desnudo, no es nunca un desierto. Ellos, sin embargo, han quitado a Dios de su corazón; por eso, están en un árido desierto. Como burras salvajes olisquean en el viento la presencia de los burros, que, en su caso, por su sed inapagable, se llama poder, dinero - además de lujuria en el verdadero sentido de la palabra -, y van tras ese olor, hasta cometer el reato. Sí, van tras él, y seguirán yendo, y no saben que no son los pies los que tienen desnudos sino el corazón, desguarnecido ante los dardos de Dios, que vengará su delito. Llegada esa hora, ¡cuán confusos quedarán reyes y príncipes, sacerdotes y escribas! Ellos, en verdad, han dicho, y dicen, a lo que es nada, o, peor aún, pecado: "¡Tú eres mi padre, tú me has engendrado!” En verdad, en verdad os digo que Moisés rompió con ira las tablas de la Ley al ver a su pueblo en la idolatría y luego volvió a lo alto del monte; oró, adoró y obtuvo. Ello sucedió hace siglos. Pero todavía no ha cesado, ni cesará - es más, crece, como levadura en la harina - la idolatría en el corazón de los hombres. Ahora casi todos los hombres tienen su propio becerro de oro. La tierra es una selva de ídolos, cada corazón es un altar sobre el que raramente está Dios; quien no tiene una mala pasión tiene otra, quien no tiene una concupiscencia tiene otra con otro nombre; quien no vive sólo para el oro vive sólo para obtener una posición, quien no vive sólo para la carne vive sólo para el egoísmo. ¡Cuántos yoes reducidos a becerros de oro reciben adoración en los corazones! Llegará, pues, el día en que, compungidos, llamarán al Señor, y oirán la respuesta: "Invoca a tus dioses. Yo no te conozco". Tremenda palabra ésta, si la pronuncia Dios dirigida a un hombre. Dios ha creado al Hombre raza y conoce a cada individuo humano, así que, si dice: "Yo no te conozco", es señal de que ha borrado con la fuerza de su voluntad a ese hombre de su memoria. ¡Yo no te conozco! ¿Será Dios demasiado severo por pronunciar este veredicto? El hombre ha gritado al Cielo: "Yo no te conozco" y el Cielo ha respondido al hombre: "Yo no te conozco". Fiel como el eco... 'Meditad además esto: el hombre está obligado a conocer a Dios por deber de gratitud y por respeto a su propia inteligencia. Por gratitud. Dios ha creado al hombre y le ha dado el don inefable de la vida; además lo ha provisto del regalo superinefable de la Gracia, que el hombre perdió por su culpa. He aquí que éste recibe una gran promesa: "Te restituiré la Gracia". Dios, el ofendido, habla en este modo al ofensor, casi como si Dios fuera el culpable, obligado a dar satisfacción. Y Dios ha mantenido su promesa: Yo estoy aquí para restituir la Gracia al hombre. Dios no se limita a dar lo sobrenatural, sino que incluso rebaja su Esencia divina a proveer a las gravosas necesidades de la carne y sangre del hombre, y ofrece el calor del sol, el alivio del agua, cereales, vino, árboles y animales de todas las especies. Así, el hombre ha recibido de Dios todos los medios para la vida. Es el Benefactor. La gratitud es obligada, y hay que mostrarla esforzándose en conocerlo. Por respeto a la propia razón. El imbécil, el estúpido, no muestran gratitud hacia quien los cuida, porque no comprenden el verdadero valor de esas atenciones, y odian a la persona que los lava y acerca la comida a su boca, que los guía a la cama o los acuesta, porque, siendo, como son, animalescos a causa de su desgracia, confunden los cuidados con las torturas. El hombre que falta en este sentido para con Dios se deshonra a sí mismo, que es un ser dotado de razón. Sólo un estúpido o demente no logra distinguir a su padre de un extraño, al benefactor del enemigo. El hombre inteligente conoce a su padre y a su benefactor y se complace en conocerlos cada vez más incluso en las cosas que ignora por haber sucedido antes de que él naciera de su padre o fuera beneficiado por su benefactor. Pues así debemos actuar para con el Señor, para mostrar que somos inteligentes, y no mentecatos. Sucede que en Israel demasiados son como estos dementes que no reconocen a su padre o a su benefactor. Jeremías se pregunta: "¿Podrá, acaso, una virgen olvidarse de sus atavíos o una esposa de ceñir su cintura?". Pues Israel está poblado de vírgenes insensatas que olvidan sus atavíos y de esposas impúdicas que olvidan los cinturones recatados y se ponen oropeles de meretriz; y esto se ve más extendido cuanto más se sube a las clases que deberían ser maestras del pueblo. Pues bien, he aquí el reproche que Dios, con cólera y llanto, les dirige: "¿Por qué te esfuerzas en mostrar que tu conducta es buena para buscar afecto, cuando en realidad enseñas la malicia y esos modos tuyos de actuar, y han encontrado en los bordes de tus vestiduras la sangre de los pobres e inocentes?". Amigos, la distancia es un bien y un mal. Estar muy lejos de los lugares donde a menudo hablo es un mal, porque os impide oír las palabras de Vida. Os doléis de ello y tenéis razón. Pero considerad que también es un bien porque así estáis lejos de los lugares donde fermenta el pecado, hierve la corrupción y se oye el zumbido de la insidia que obra contra mí, poniéndome zancadillas e insinuando a los corazones dudas y mentiras respecto a mí. Bien, pues yo os prefiero lejos antes que corrompidos. Me ocuparé de vuestra formación. Como podéis ver, Dios ya lo había hecho antes de que nos conociéramos y consecuentemente nos amáramos: me conocíais sin habernos visto nunca. Isaac ha sido el heraldo entre vosotros. Pues bien, enviaré a muchos como Isaac para que os refieran mis palabras. Pero debéis saber también que Dios puede hablar en todas partes, de Tú a tú, con el espíritu humano, y educarlo en su doctrina. No tengáis miedo a que por estar solos podáis errar. No. Si no queréis, no seréis infieles al Señor y a su Cristo. Pero si, a pesar de todo, hay quien no puede realmente estar lejos del Mesías, sepa que el Mesías le abre el corazón y los brazos y le dice: "Ven". Venid los que queráis venir; quedaos los que os queráis quedar. Mas unos y otros predicad a Cristo con una vida honesta; predicadlo contra la deshonestidad que anida en demasiados corazones, contra la ligereza de los infinitos que no saben permanecer fieles y que se olvidan de ponerse sus atavíos y de ceñirse las cinturas como conviene a las almas llamadas al desposorio con Cristo. Vosotros me habéis dicho, con alegría: "Desde que viniste no hemos tenido ya ni enfermos ni muertos. Tu bendición nos ha protegido". Sí, la salud es una cosa grande. Pero haced que esta venida mía de ahora os haga sanos de espíritu a todos, siempre y en todo. En vista de esto os bendigo y os doy mi paz: a vosotros, a vuestros niños, los campos, casas y mieses, a los rebaños y árboles frutales. Usadlo con santidad, no viviendo para ello, sino de ello, dando lo superfluo a quien esté carente, y tendréis la medida prensada de las bendiciones de1 Padre, y un lugar en el Cielo. Podéis marcharos. Yo me quedo a orar…

jueves, 5 de febrero de 2026

OH, PUEBLO DE MI PROPIEDAD




 ¡El pueblo de mi propiedad! Enteramente viene de Adán y Adán viene de mi Padre; todo él es, por tanto, obra del Padre, y a todos debo reunir en torno al Padre. Yo los conduzco a ti, Padre santo, eterno, potente; conduzco a ti a los hijos errantes después de congregarlos con la voz del amor, bajo mi cayado pastoral, semejante al que Moisés levantó contra las serpientes de muerte. Para que Tú tengas tu Reino y tu pueblo. Y no hago distinciones, porque en el fondo de todos los vivientes veo un punto que resplandece más que el fuego: el alma, una chispa tuya, eterno Esplendor. ¡Oh, eterno deseo mío! ¡Oh, voluntad incansable mía! Esto quiero, en esto ardo: una tierra que por entero cante tu Nombre, una humanidad que te llame Padre, una redención que a todos salve, una voluntad fortalecida que haga a todos obedientes a tu voluntad, un triunfo eterno que llene el Paraíso de un hosanna sin fin... ¡Oh, multitud de los Cielos!... Sí, veo la sonrisa de Dios... y es el premio contra toda dureza humana.


FUENTE: Capitulo 155,  fragmento, de los Evangelios según me han sido revelados por María Valtorta.

sábado, 17 de enero de 2026

QUIEN NO ANHELA EL CIELO, NO LO TENDRA

 «... En esto veo que me amáis también vosotros los de Cafarnaúm, que me habéis seguido dejando negocios y comodidades con tal de oír la palabra que os adoctrina. Sé también que ello, más que el hecho de dejar de lado esos negocios - con el consiguiente perjuicio a vuestra bolsa - os acarrea burlas e incluso menoscabo social. Sé que Simón, Elí, Urías y Joaquín se muestran contrarios a mí; hoy contrarios, mañana enemigos. Y os digo - porque no engaño a nadie, ni quiero engañaros a vosotros, mis fieles amigos - que, para perjudicarme, para proporcionarme dolor, para vencerme aislándome, ellos, los poderosos de Cafarnaúm, usarán todos los medios... Tanto insinuaciones como amenazas, tanto el escarnio como la calumnia. Todo usará el Enemigo común para arrancar almas a Cristo convirtiéndolas en presa propia. Os digo: Quien persevere se salvará; mas os digo también: Quien ame más la vida y el bienestar que la salud eterna es libre de marcharse, de dejarme, de ocuparse de la pequeña vida y del transitorio bienestar. Yo no retengo a nadie. E1 hombre es un ser libre. Yo he venido a liberar aún más al hombre. Liberarlo del pecado - para el espíritu - y de las cadenas: una religión deformada, opresiva, que no hace sino sofocar bajo ríos de cláusulas, de palabras, de preceptos, la verdadera palabra de Dios, limpia, concisa, luminosa, fácil, santa, perfecta. Mi venida es criba de las conciencias. Yo recojo mi trigo en la era y lo trillo con la doctrina de sacrificio y lo cierno con el cernedor de su propia voluntad. La cascarilla, el sorgo, la veza, la cizaña, volarán ligeros e inútiles, para caer pesados y nocivos y ser alimento de volátiles; en mi granero no entrará sino el trigo selecto, puro, consistente, bueno. El trigo son los santos. Desde hace siglos existe un duelo entre el Eterno y Satanás. Satanás, enorgullecido por su primera victoria sobre el hombre, le dijo a Dios: "Tus criaturas serán mías para siempre. Ni siquiera el castigo, ni la Ley que quieres darles, nada, las hará capaces de ganarse el Cielo, y esta Morada tuya, de la cual me expulsaste (a mí, que soy el único inteligente entre los seres creados por ti), esta Morada, se te quedará vacía, inútil, triste como todas las cosas inútiles". Y el Eterno respondió al Maldito: "Podrás esto mientras tu veneno, solo, reine en el hombre. Pero Yo mandaré a mi Verbo y su palabra neutralizará tu veneno, sanará los corazones, los curará de la demencia con que los has manchado o convertido en diablos, y volverán a Mí. Como ovejas que, descarriadas, vuelven a encontrar al pastor, volverán a mi Redil, Y el Cielo será poblado: para ellos lo he hecho. Rechinarán tus horribles dientes de impotente rabia, allí, en tu hórrido reino, prisionero y maldito; sobre ti los ángeles volcarán la piedra de Dios y la sellarán. Tinieblas y odio os acompañarán a ti y a los tuyos; los míos tendrán, sin embargo, luz y amor, canto y beatitud, libertad infinita, eterna, sublime". Satanás, con risotada burlesca juró: `Juro por mi Gehena que vendré cuando llegue la hora. Omnipresente estaré junto a los evangelizados, y veremos si eres Tú el vencedor o lo soy yo". Sí, para cribaros, Satanás os insidia y Yo os rodeo. Los contendientes somos dos: Yo y él; vosotros estáis en el medio. El duelo del Amor y el Odio, de la Sabiduría y la Ignorancia, de la Bondad y el Mal, está sobre vosotros y en torno a vosotros. Yo soy suficiente para repeler los malvados golpes dirigidos a vosotros. Me coloco en medio entre el arma satánica y vuestro ser y acepto ser herido en lugar de vosotros, porque os amo. Pero, en vuestro interior, vosotros debéis repeler, con vuestra voluntad, los golpes, corriendo hacia mí, poniéndoos en mi Camino, que es Verdad y Vida. Quien no anhela el Cielo no lo tendrá. Quien no es apto para ser discípulo del Cristo será como cascarilla ligera que el viento del mundo se llevará consigo. Los enemigos del Cristo son semilla nociva que renacerá en el reino satánico.

HOMBRES QUE ESTAN DE PASO....

 Jesús se pone junto a un árbol, a unos diez metros de Mateo, y empieza a hablar. -


El mundo es comparable a una gran familia, cuyos componentes tienen distintos oficios, todos necesarios. En él hay agricultores, pastores, viñadores, carpinteros, pescadores, albañiles; quién trabaja la madera o el hierro, quién escribe; hay soldados, oficiales destinados a misiones especiales, médicos, sacerdotes..., de todo hay. El mundo no podría estar compuesto de una sola categoría; son todas necesarias, todas santas, si hacen todas lo que deben con honestidad y justicia. Pero, ¿cómo se puede alcanzar esto, si Satanás tienta por tantas partes? Pues pensando en Dios, que ve todas las cosas, incluso las obras más escondidas, y pensando en su ley, que dice: “Ama a tu prójimo como te amas a ti mismo, no le hagas lo que no querrías que te hicieran a ti, no robes en ningún modo". Decid, vosotros que me escucháis: Cuando uno muere, ¿acaso se lleva consigo las bolsas de sus dineros? Y aunque fuera tan necio como para querer tenerlas consigo en el sepulcro, ¿puede, acaso, usarlas en la otra vida? No. Sobre la podredumbre de un cuerpo corrompido las monedas se transforman en pedazos de metal corroídos. En cambio, en otro lugar, su alma estaría desnuda, más pobre que el bendito Job, privada de la más insignificante moneda, aunque aquí y en la tumba hubiera dejado muchísimos talentos. Os digo más, ¡escuchad, escuchad! En verdad os digo que teniendo riquezas difícilmente se gana el Cielo - antes al contrario, generalmente con ellas se pierde, aunque sean riquezas adquiridas honestamente por herencia o ganadas, porque pocos son los ricos que las saben usar con justicia. ¿Qué hace falta, entonces, para conseguir este Cielo bendito, este reposo en el seno del Padre? Hace falta no tener avidez de riquezas. No tener avidez en el sentido de desearlas a toda costa, incluso faltando a la honestidad y al amor; no tener avidez en el sentido de que, teniendo esas riquezas, se amen más que al Cielo y al prójimo, negándole caridad al prójimo necesitado; no tener avidez por cuanto las riquezas pueden dar, o sea, mujeres, placeres, rica mesa, vestiduras pomposas, lo cual ofende a quien pasa frío y hambre. Hay, sí, hay una moneda para cambiar las monedas injustas del mundo por divisa que vale en el Reino de los Cielos, y es la santa astucia de hacer riquezas eternas de las riquezas humanas, a menudo injustas o causa de injusticia; se trata de ganar con honestidad, devolver lo que se obtuvo injustamente, usar de los bienes con moderación y desapego, sabiéndose separar de ellos, porque antes o después nos dejan - ¡ah, pensad esto! -, mientras que el bien realizado no nos abandona jamás. Todos querríamos ser llamados "justos" y que nos creyeran tales, ser premiados como tales por Dios. Pero, ¿cómo puede Dios premiar a quien sólo tiene nombre de justo, no teniendo las obras? ¿Cómo puede decir "te perdono", si ve que el arrepentimiento es sólo verbal y que no va acompañado de una verdadera mutación de espíritu? No existe arrepentimiento mientras dura el apetito hacia el objeto por el que se produjo nuestro pecado. Cuando uno, en cambio, se humilla, -se mutila del miembro moral de una mala pasión, que puede llamarse mujer u oro, diciendo: "Por ti, Señor, no más de esto", entonces es cuando verdaderamente está arrepentido, y Dios lo acoge diciendo: "Ven; te quiero como a un inocente, como a un héroe".

jueves, 1 de enero de 2026

TU SABES QUE YO TE AMO

 ¿Por qué me ha escogido Dios?

¿Quién soy yo?  Soy menos que un granito de polvo frente al  universo, soy menos que una gotita invisible frente al océano, soy menos que un repugnante gusanillo que se arrastra en el fango de la tierra.

Soy un pobre sacerdote, entre tantos, el menos culto, el menos docto, el más desprovisto, un pobre sacerdote rico sólo en innumerables miserias de toda naturaleza.

¿Por qué me ha escogido Dios? Para que se entienda que yo no soy más que un pobre instrumento en Sus Manos, para que se entienda por todos que no soy más que una miserable pluma despuntada, mi misma caligrafía es símbolo de mi inconmensurable pobreza y nulidad.

¿Por qué me ha escogido Dios? Para confundir a los soberbios, hinchados de orgullo por su saber, que han llenado la Iglesia de errores y de herejías, envenenando a las almas. Sí, necedades, errores, herejías, sobre Dios, sobre la Iglesia, sobre la Santísima Virgen, sobre la Revelación. Dios es infinitamente sencillo y nos quiere sencillos y humildes.

“En verdad, en verdad os digo que si no os volvéis sencillos como estos pequeños, no entraréis en el reino de los cielos”.

Basta transformar las cosas simples en las cosas más complicadas, basta acuñar nuevos vocablos, nuevas palabras, para ostentar su saber y atraer sobre sí, de este modo, la atención de los otros. Estimo útil esta breve introducción, si no necesaria, para que se establezca, entre mí, instrumento, y los lectores a los que está dirigido este libro, ambos envueltos en un designio de amor de la Providencia Divina, un contacto espiritual que facilite la acción de la divina voluntad. 

                                                                                  don Ottavio Michelini 

QUE ES LA FE

 Volumen 2

Libro de Cielo


. M. I. 2-1 Febrero 28, 1899

 Por orden del confesor empiezo a escribir lo que pasa entre Nuestro Señor y yo día por día. Año 1899, mes de Febrero, día 28.

 (1) Confieso la verdad, siento una gran repugnancia, es tanto el esfuerzo que debo hacer para vencerme, que sólo el Señor puede saber el desgarro de mi alma. Pero, ¡oh santa obediencia, qué atadura tan potente eres! Sólo tú podías vencerme y superar todas mis repugnancias, que son como montes insuperables, y me atas a la Voluntad de Dios y del confesor. Pero, ¡oh! Esposo santo, por cuan grande es el sacrificio, otro tanto tengo necesidad de ayuda, no quiero otra cosa sino que me introduzcas en tus brazos y me sostengas.  Así, asistida por Ti podré decir sólo la verdad, sólo por tu gloria y para confusión mía

. (2) Esta mañana, habiendo celebrado la misa el confesor, he recibido también la comunión. Mi mente se encontraba en un mar de confusión por causa de esta obediencia que me viene dada por el confesor de escribir todo lo que pasa en mi interior. Apenas he recibido a Jesús he comenzado a decirle mis penas, especialmente mi insuficiencia y tantas otras cosas, pero parecía que Jesús no daba importancia a lo mío y no respondía a nada. Me ha venido una luz a mi mente y he dicho: “Tal vez soy yo misma la causa de que Jesús no se muestre según su costumbre”. Entonces con todo el corazón le he dicho: “¡Ah! Mi Bien y mi todo, no te muestres conmigo tan indiferente, me despedazas el corazón por el dolor, si es por lo escrito, venga, que venga, aunque me cueste el sacrificio de la vida te prometo hacerlo”. Entonces Jesús ha cambiado aspecto y todo benigno me ha dicho: 

(3) “¿De qué temes? ¿No te he asistido Yo las otras veces? Mi luz te circundará por todas partes y así tú podrás manifestarlo”. 

(4) Mientras así decía, no sé como he visto al confesor junto a Jesús y el Señor le ha dicho: “Mira, todo lo que haces pasa al Cielo, por eso ve la pureza con la cual debes obrar, pensando que todos tus pasos, palabras y obras vienen a mi presencia, y si son puros, esto es, hechos por Mí, Yo siento por ello un gozo grandísimo y los siento en derredor Mío, como tantos mensajeros que me recuerdan continuamente de ti; pero si son hechos por fines bajos y terrenos, siento fastidio”. Y mientras así decía, parecía que le tomaba las manos y levantándolas hacia el Cielo le decía: “Los ojos siempre en alto; eres del Cielo, obra para el Cielo”. 

(5) Mientras veía al confesor y a Jesús que así le decía, en mi mente me parecía que si se obrara así, sucedería como cuando una persona debe desalojar una casa para mudarse a otra, ¿qué hace? Primero manda todas las cosas y todo lo que ella tiene y después se va ella. Así nosotros, primero mandamos nuestras obras a tomar el lugar para nosotros en el Cielo, y después, cuando llegue nuestro tiempo iremos nosotros. ¡Oh, qué hermoso cortejo nos harán! 

(6) Ahora, mientras veía al confesor, me acordé que me había dicho que debía escribir sobre la fe, el modo como Jesús me había hablado sobre esta virtud. Mientras en esto pensaba, en un instante el Señor me ha atraído de tal forma a Sí, que me he sentido fuera de mí misma en el Cielo, junto con Jesús, y me ha dicho estas precisas palabras:

 (7) “La Fe es Dios”.

 (8) Pero estas dos palabras contenían una luz inmensa, que es imposible explicarlas, pero como pueda lo diré: En la palabra “fe” comprendía que la fe es Dios mismo. Así como el alimento material da vida al cuerpo para que no muera, así la fe da la vida al alma; sin la fe el alma está muerta. La fe vivifica, la fe santifica, la fe espiritualiza al hombre y lo hace tener fijos los ojos en un Ser Supremo, de modo que nada aprende de las cosas de acá abajo, y si las aprende, las aprende en Dios. ¡Oh! La felicidad de un alma que vive de fe, su vuelo es siempre hacia el Cielo, en todo lo que le sucede se mira siempre en Dios y he aquí como en la tribulación la fe la eleva en Dios y no se aflige, ni siquiera un lamento, sabiendo que no debe formar aquí su contento, sino en el Cielo. Así si la alegría, la riqueza, los placeres, la circundan, la fe la eleva en Dios y dice entre sí: “¡Oh, cuánto más contenta y más rica seré en el Cielo!” Así que de estos bienes terrenos toma fastidio, los desprecia, y se los pone bajo los pies. A mí me parece que a un alma que vive de fe, le sucede como a una persona que posee millones y millones de monedas y hasta reinos enteros, y otra persona le quiere ofrecer un centavo. Ahora, ¿qué diría aquella? ¿No se indignaría, no se lo arrojaría a la cara? Y agrego: ¿Y si ese centavo estuviera todo enlodado, como son las cosas terrenas, y además, si le fuera dado sólo en préstamo? Entonces ella diría: “Inmensas riquezas gozo y poseo, ¿y tú osas ofrecerme este vil centavo tan enlodado y por poco tiempo?” Yo creo que voltearía enseguida la mirada y no aceptaría el don. Así hace el alma que vive de fe respecto a las cosas terrenas.

 (9) Ahora vayamos otra vez a la idea del alimento: El cuerpo, tomando el alimento no sólo se sostiene, sino que participa de la sustancia del alimento que se transforma en el mismo cuerpo. Ahora así el alma que vive de fe; como la fe es Dios mismo, el alma viene a vivir del mismo Dios, y alimentándose del mismo Dios viene a participar de la sustancia de Dios, y participando viene a semejarse a Él y a transformarse con el mismo Dios, por lo tanto al alma que vive de fe le sucede que santo es Dios, santa es el alma; potente Dios, potente el alma; sabio, fuerte, justo Dios, sabia, fuerte, justa el alma, y así de todos los demás atributos de Dios. En suma, el alma llega a ser un pequeño dios. ¡Oh, la bienaventuranza de esta alma en la tierra, para ser luego más bienaventurada en el Cielo!. 

(10) Comprendí también que lo que significan esas palabras que el Señor dice a sus almas predilectas: “Te desposaré en la fe”. Que el Señor en este místico desposorio viene a dotar a las almas de sus mismas virtudes. Me parece como dos esposos que uniendo sus propiedades, no se disciernen más las cosas del uno y las del otro y ambos se hacen dueños de todo. Pero en nuestro caso, el alma es pobre, todo el bien es por parte del Señor que la vuelve partícipe de sus sustancias. 

(11) Vida del alma es Dios, la fe es Dios y el alma poseyendo la fe, viene a injertar en sí todas las demás virtudes, de manera que la fe está como rey en el corazón y las demás virtudes están a su alrededor, como súbditas sirviendo a la fe, así que las mismas virtudes, sin la fe, son virtudes que no tienen vida. 

(12) Me parece a mí que Dios en dos modos comunica la fe al hombre: La primera es en el santo bautismo; la segunda es cuando Dios bendito, depositando una partecita de su sustancia en el alma, le comunica la virtud de hacer milagros, como la de poder resucitar a los muertos, sanar a los enfermos, detener el sol y demás. ¡Oh, si el mundo tuviera fe, se cambiaría en un paraíso terrestre!. 

(13) ¡Oh! Cuán alto y sublime es el vuelo del alma que se ejercita en la fe. A mí me parece que el alma, ejercitándose en la fe, hace como aquellos tímidos pajaritos que temiendo ser tomados presos por los cazadores o bien por cualquier otra insidia, hacen su morada en la cima de los árboles, o bien en las alturas, cuando después son obligados a tomar el alimento descienden, toman el alimento y rápidamente vuelan a su morada; y alguno, más prudente, toma el alimento y ni siquiera se lo come en la tierra, para estar más seguro se lo lleva a la cima de los árboles y allá se lo come. Así el alma que vive de fe, es tan tímida de las cosas terrenas, que por temor de ser asechada, ni siquiera les dirige una mirada, su morada está en lo alto, encima de todas las cosas de la tierra y especialmente en las llagas de Jesucristo, y desde dentro de aquellas beatas moradas gime, llora, reza y sufre junto con su Esposo Jesús sobre la condición y miseria en que yace el género humano. Mientras ella vive en esas moradas de las llagas de Jesús, el Señor le da una partecita de sus virtudes, y el alma siente en sí aquellas virtudes como si fueran suyas, pero sin embargo advierte que si bien las ve suyas, el poseerlas le es dado, que han sido comunicadas por el Señor. Sucede como a una persona que ha recibido un don que ella no poseía, ahora ¿qué hace? Lo toma y se hace dueña de él, pero cada vez que lo mira dice entre sí: “Esto es mío, pero me fue dado por esa persona”. Así hace el alma a la cual el Señor desprendiendo de Sí una partecita de su Ser Divino, la cambia en Sí mismo. 

(14) Ahora, esta alma, cómo aborrece el pecado, pero al mismo tiempo compadece a los demás, ruega por aquél que ve que camina en el camino del precipicio, se une junto con Jesucristo y se ofrece víctima para sufrir y así aplacar la divina justicia y para librar a las criaturas de los merecidos castigos, y si fuese necesario el sacrificio de su vida ¡oh! de buena gana lo haría para la salvación de una sola alma.

 (15) Habiéndome dicho el confesor que le explicara como veo la Divinidad de Nuestro Señor, le he respondido que era imposible saberle decir algo, pero en la noche se me apareció el bendito Jesús y casi me reprendió por esta negación mía y entonces me hizo relampaguear como dos rayos luminosísimos; con el primero comprendí en mi inteligencia que la fe es Dios y Dios es la fe. Ya intenté decir alguna cosa sobre la fe, ahora trataré de decir como veo a Dios, y éste fue el segundo rayo. 

(16) Ahora, mientras me encuentro fuera de mí misma y encontrándome en lo alto de los cielos me ha parecido ver a Dios dentro de una luz y Él mismo parecía también luz y en esta luz se encontraba belleza, fuerza, sabiduría, inmensidad, altura, profundidad sin límites ni confines, así que también en el aire que respiramos es Dios mismo que se respira, así que cada uno lo puede hacer como vida propia, como de hecho lo es. Así que ninguna cosa le escapa y ninguna le puede escapar. Esta luz parece que sea toda voz sin que hable, toda obrante mientras siempre reposa; se encuentra por todas partes sin estorbar en nada, y mientras se encuentra en todas partes, tiene también su centro. ¡Oh Dios, cómo eres incomprensible!, Te veo, te siento, eres mi Vida, te restringes en mí, mientras quedas siempre inmenso y nada pierdes de Ti, sin embargo me siento balbuceante y me parece no saber ni decir nada. 

(17) Para poderme explicar mejor según nuestro lenguaje humano, diré que veo una sombra de Dios en todo lo creado, porque en todo lo creado, dónde ha arrojado la sombra de su belleza, donde sus perfumes, dónde su luz, como en el sol, donde yo veo una sombra especial de Dios, lo veo como delineado en este astro, que es como rey de los planetas. ¿Qué cosa es el sol? No es otra cosa que un globo de fuego, uno es el globo, pero muchos son los rayos, de modo que entonces podemos comprender fácilmente: 

(18) 1° El globo es Dios, los rayos los inmensos atributos de Dios. 

(19) 2°. El sol es fuego, pero al mismo tiempo es luz y es calor, así que la Santísima Trinidad está representada en el sol: El fuego es el Padre, la luz es el Hijo, el calor es el Espíritu Santo, pero uno es el sol, y así como no se puede dividir el fuego de la luz y del calor, así una es la potencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que entre Ellos no se pueden realmente separar. Y así como el fuego en el mismo instante produce la luz y el calor, así que no se puede concebir el fuego sin concebirse también la luz y el calor, así no se puede concebir al Padre antes del Hijo y del Espíritu Santo y así recíprocamente, tienen los Tres el mismo principio eterno.

 (20) Agrego que la luz del sol se expande por todas partes; así Dios, con su inmensidad dondequiera penetra, sin embargo recordemos que no es más que una sombra, porque el sol no llegaría a donde no puede penetrar con su luz, pero Dios penetra dondequiera. Dios es Espíritu purísimo y nosotros lo podemos simbolizar en el sol que hace penetrar sus rayos dondequiera, sin que ninguno los pueda tomar entre las manos, Dios mira todo, las iniquidades, las infamias de los hombres y Él queda siempre lo que es, puro, santo, inmaculado. Sombra de Dios es el sol que manda su luz sobre las inmundicias y queda inmaculado, expande su luz en el fuego y no se quema, en el mar, en los ríos y no se ahoga, da luz a todos, fecunda todo, da vida a todo con su calor y no empobrece de luz, ni pierde nada de su calor y mucho más, mientras hace tanto bien a todos, él de ninguno tiene necesidad y queda siempre lo que es, majestuoso, resplandeciente, sin cambiarse jamás. ¡Oh! Cómo se representan bien en el sol las cualidades divinas, Dios, con su inmensidad se encuentra en el fuego y no arde, en el mar y no se ahoga, bajo nuestros pasos y no lo pisamos, da a todos y no empobrece y de nadie tiene necesidad, ve todo, más bien es todo ojos y no hay cosa que no sienta, está al día de cada fibra de nuestro corazón, de cada pensamiento de nuestra mente, y siendo Espíritu purísimo no tiene ni oídos, ni ojos, y pase lo que pase no cambia jamás. El sol, invistiendo al mundo con su luz no se fatiga, así Dios, dando vida a todos, ayudando y rigiendo al mundo, no se fatiga. Para no gozar más la luz del sol y sus benéficos efectos, el hombre puede esconderse, puede poner obstáculos, pero al sol nada le hace, permanece como es, el mal caerá todo sobre el hombre. Así el pecador, con el pecado puede alejarse de Dios y no gozar más sus benéficos influjos, pero a Dios nada le hace, todo el mal es suyo.

 (21) También la redondez del sol me simboliza la eternidad de Dios, que no tiene ni principio ni fin. La misma luz penetrante del sol, que nadie puede contener en su ojo, y que si alguien quisiera mirarlo fijamente en pleno mediodía quedaría deslumbrado, y si el sol se quisiera acercar al hombre, éste quedaría reducido a cenizas. Así del Sol Divino, ninguna mente creada puede restringirlo en su pequeña mente para comprenderlo en todo lo que es, y si quisiera esforzarse quedaría deslumbrada y confundida, y si este Sol Divino quisiera hacer ostentación de todo su amor, haciéndoselo sentir al hombre mientras está aun en carne mortal, el hombre quedaría incinerado. Por lo tanto, Dios ha puesto una sombra de Sí y de sus perfecciones en todo lo creado, así que parece que lo vemos y lo tocamos y por Él quedamos tocados continuamente. 

(22) Además de esto, después de que el Señor dijo aquellas palabras: “La fe es Dios”. Yo le dije: “Jesús, ¿me quieres?”

 (23) Y Él ha agregado: “Y tú, ¿me quieres?”

 (24) Yo enseguida he dicho: “Sí, Jesús, y Tú lo sabes, que sin Ti siento que me falta la vida”.

 (25) “Pues bien”. Ha añadido Jesús. “Tú me quieres, Yo también, por lo tanto amémonos y estemos siempre juntos”.

 (26) Así ha terminado por esta mañana. Ahora, ¿quién puede decir cuánto ha comprendido mi mente de este Sol Divino? Me parece verlo y tocarlo por todas partes, es más, me siento revestida por Él dentro y fuera de mí misma, pero mi capacidad es pequeña, pequeña, que mientras parece que comprende alguna cosa de Dios, al verlo parece que no he comprendido nada, más bien me parece haber dicho disparates, espero que Jesús me los perdone.

CIVILIZACIÓN DE CONSUMA

 25 de Mayo de 1976

 


 

Cuando Yo he instituido los sacramentos, conocía la necesidad que los cristianos tendrían de ellos.

Esta necesidad no ha disminuido jamás, es más, se puede decir que hoy ha aumentado para vosotros en proporción a la rápida transformación de la sociedad patriarcal, agrícola y ganadera en sociedad industrial.

La industrialización ha traído mayor riqueza a los pueblos y a las familias. He dicho mayor riqueza y no mayor bienestar; os ha traído mayores comodidades materiales, pero no mayor felicidad.

Ha traído mayores y asombrosos medios de comunicación, pero no mayor unidad de corazones; es más, a través de estos medios mal usados, un contagio impresionante de males espirituales y morales aflige a la humanidad moderna.

Vosotros, nacidos y crecidos en esta sociedad en continua evolución, sois arrollados por su ritmo inexorable, muchas veces inhumano. Os habéis contagiado de su fiebre, a veces tan abrasadora, que produce un malestar espiritual tal que os hace perder de vista lo que siempre deberíais tener presente de modo vivísimo en vuestra mente: la finalidad principal de vuestra fugaz vida terrena. Así distraídos y atraídos al mismo tiempo por los frutos de la civilización de consumo, entra en vosotros el Enemigo, que con sus artes asedia las almas, oscureciéndolas, debilitándolas y privándolas del alimento necesario.

 

Trágica pendiente

 

La vida moderna no tiene tiempo para la vida interior, debilitando y a menudo matando la semilla de la Gracia, y al mismo tiempo deslumbrando a las almas con la cegadora fascinación que ejercen sobre los corazones los productos de la actual civilización.
El engaño y la mentira concurren para hacer materialista la vida y para haceros olvidar que la peregrinación terrena no se debe considerar como un fin en sí misma, sino única y exclusivamente en orden a la eternidad para la que fuisteis creados.
Con este terrible juego preparado y realizado con fina astucia, el Enemigo de Dios y del hombre ha logrado encaminar a toda la sociedad hacia una trágica pendiente, apartando a pueblos enteros de la vía del bien e implicando en este juego a la misma Iglesia.

 

La Santa Confirmación

 

En Mí, Verbo Eterno de Dios, no hay pasado ni futuro, Yo Soy el Instante en el que todo está presente. He dado a los hombres todos los medios necesarios para salvarse y defenderse de todos los males, que tienen como origen a Satanás, el Príncipe de las tinieblas que todo quiere oscurecer.

Los Sacramentos, frutos preciosos del misterio de mi Redención, los he querido y ligado al misterio de la Iglesia para vuestra salvación.

Entre estos Sacramentos he querido la santa Confirmación para hacer de cada bautizado un auténtico soldado con las armas adecuadas, con un sello y divisa indestructible llamado carácter. Esta divisa caracteriza al confirmado como soldado y lo distingue de quien no ha recibido este Sacramento.

Ahora, la crisis de fe, que ha descendido sobre la Iglesia por obra del Maligno, ha desarreglado el exterminado ejército de mis soldados.
Considerad, hijos, las consecuencias que se derivan en un ejército que ya no cree en sus oficiales y comandantes, que ya no cree en las razones por las que ha sido movilizado, que ya no cree en la eficacia de las armas con que ha sido dotado...
Imaginad el estado de ánimo de la tropa: inferiores y superiores que descuidan sus deberes; oficiales que no castigan las indisciplinas porque también ellos dudan aún de su propia razón de ser.

Medid qué potente fuerza erosiva disgrega a este ejército y considerad también la arrogancia y potencia del enemigo que conoce muy bien la situación de sus adversarios que ahora ya siente tener en sus manos.

 

La Iglesia, hoy

 

Esta es la situación de la Iglesia hoy. Todos pueden constatar la tremenda realidad. A Mí no me son imputables los males actuales, como por el Enemigo se querría hacer creer, sino a los que Yo había escogido con un acto de amor, para guiar y pastorear a mi rebaño.

Es inútil, como habían hecho los primeros padres y como tiende a hacer siempre el hombre culpable, intentar sacudirse de encima las propias culpas.

Sois responsables de esta falta de perspicacia, de esta falta de eficiencia en el ejército de los Confirmados, entre los cuales muchos ni siquiera recuerdan ser tales.

Lo que se necesita es humildad para saber reconocer las propias faltas y responsabilidades.

Te bendigo, hijo mío.