viernes, 3 de abril de 2026

Por qué suceden ciertas cosas en el mundo, y sobre todo en Mi Iglesia.




 15 de Octubre de 1975

 

CRISIS DE FE

 

Sois muchos a preguntarme por qué suceden cier­tas cosas en el mundo, y sobre todo en Mi Iglesia. Yo, Jesús, os  doy la respuesta.

Ya os la ha dado muchas veces Mi Vicario. Leed sus discursos de estos últimos años y constataréis con qué claridad el Papa ha respondido a esta pregunta. Pero muchos continúan preguntándolo.

La repuesta de mi Vicario es la respuesta mía: pero vosotros estáis aún en la negrura. Por esto intervengo Yo per­sonalmente con este mensaje.

 El que os lo transmite es un simple instrumento que yo he escogido para esta misión. El mal del que sufre la iglesia y el mundo es uno solo: ¡crisis de fe!

¿Qué quiere decir crisis de fe? Quiere decir crisis de esperanza, crisis de amor; quiere decir crisis de sabiduría y de prudencia, de fortaleza, de justicia y de templanza; cri­sis de obediencia, de pureza, de paciencia, de piedad y de mansedumbre.

 Quiere decir crisis de hambre y sed de Dios, quiere decir crisis de arrepentimiento, de humildad, de mortificación. Estos son los males de los que sufre la Iglesia en esta su Semana de Pasión. la Semana de Pasión precede a la Semana Santa.

Todos estos males vosotros los podéis sintetizar en la crisis de fe, de esperanza y de caridad: se puede simplificar aún en dos palabras: crisis de vida interior, y más aún en una sola palabra: crisis de Gracia.

 

Crisis de gracia

 

La gracia es la participación de mi Vida divina al alma. La Gracia es el alma del alma. Yo, Jesús, soy uno con el Padre y el Espíritu Santo; somos tres personas en Uno.

Ahora bien, hijos míos, vosotros habéis sido creados a imagen y semejanza de Dios. Una es vuestra alma, pero tres son las facultades: inteligen­cia, memoria y voluntad.

No tanto por esto es por lo que os asemejáis a Mí, sino sobre todo por la vida sobrenatu­ral, esto es, por la gracia.

El hombre era creado en gracia. Yo, Verbo de Dios, he venido al mundo para daros nuevamente la vida perdida mediante Mi Pasión, Muerte y Resurrección.

Como Yo, Dios, soy el Ser infinitamente simple, así voso­tros hechos a mi imagen sois simples en vuestra alma.

Vuestra alma no es de varios, sino de un solo compartimento en el cual está la Fe, la Esperanza, el Amor.

Como en Mí, en quien Amor, Misericordia, Verdad, Justicia, Sabidu­ría y cualquier otro atributo son un solo ser, son Dios.

Si en el hombre está en crisis la Fe, están en crisis la esperanza, la prudencia, la justicia, la fortaleza, la piedad, la templanza, el amor de Dios, el temor de Dios. La falta de todo esto en el alma humana (que después quiere decir ausencia de Dios) ha provocado la tremenda crisis de la que sufre la humanidad entera.

El materialismo, encarnación de Satanás, es la ausencia de Dios en el alma humana. Pero Dios es Amor, Luz y Justicia, es Esperanza y Sabiduría, es Fortaleza, es Piedad y Templanza y cualquier otra virtud y perfección.



Fuente; Sacerdote Ottavio Michelini, del libro, #Tú sabes que Yo te amo#

miércoles, 1 de abril de 2026

ESTA PARÁBOLA ES PARA LA GRAN MAYORÍA DEL PUEBLO ARGENTINO EN ESPECIAL A TODA AUTORIDAD.



Parábola de las frentes destronadas y explicación de la parábola sobre lo no puro. Jesús regresa solamente a Endor. Se detiene en la primera casa del pueblo, que es más un aprisco que una casa; pero, precisamente por serlo, con establos bajos, cerrados, colmados de heno, puede alojar a los trece peregrinos. El dueño, un hombre rudo pero bueno, se apresura a llevar una lámpara y un pequeño cubo de leche espumosa, y unos panes muy oscuros. Luego se retira, con la bendición de Jesús, que se queda sólo con los doce apóstoles. Jesús ofrece el pan y lo distribuye. A falta de escudillas o tazas, cada uno moja sus rebanadas de pan en el cubo y, cuando tiene sed, bebe directamente de él. Jesús sólo bebe un poco de leche. Está serio, silencioso... Tanto que, acabada la comida, saciada el hambre que en los apóstoles nunca falta, terminan por darse cuenta de su mutismo. Andrés es el primero que pregunta: -¿Qué te sucede, Maestro? Te veo triste o cansado... -No niego que lo esté. -¿Por qué? ¿Por esos fariseos? Pues si ya deberías estar acostumbrado a ellos... ¡Casi, casi que me he acostumbrado yo que...! Ya sabes cómo era yo las primeras veces con ellos. ¡Cantan siempre la misma canción!... La verdad es que las serpientes sólo pueden silbar; jamás ninguna logrará imitar el canto del ruiseñor. Se termina por no hacer caso - dice Pedro, parte convencido, parte queriendo liberar de preocupaciones a Jesús. -Así es como se pierde el control y se cae en sus roscas. Os ruego que no os habituéis nunca a las voces del Mal como si fueran voces inocuas. -¡Ah, sí! Pero no deberías estar triste, si es sólo por eso. Ya ves cómo te ama el mundo - dice Mateo. -¿Pero es sólo por eso por lo que estás triste de esa forma? Dímelo, Maestro bueno. ¿O es que te han referido mentiras, o te han insinuado calumnias, o sospechas, o qué sé yo... respecto a nosotros, que te queremos? - pregunta presuroso y lisonjero el Iscariote, pasando un brazo por detrás de Jesús, que está sentado en el heno a su lado. Jesús vuelve la cara en la dirección de Judas. Sus ojos emanan un relámpago fosfórico a la luz trémula de la lámpara colocada en el suelo, en medio del círculo de los que están sentados en el heno dispuesto como bajo asiento en redondel. Jesús mira muy fijamente a Judas de Keriot, y mirándolo, le pregunta: -¿Y me crees tan necio como para recibir como verdaderas las insinuaciones de cualquiera, hasta el punto de preocuparme por ellas? Son las realidades, Judas de Simón, las que me preocupan - y su mirada no deja ni un momento de hincarse, derecha como un calador, en la pupila oscura de Judas. -¿Qué realidades te turban, entonces? - pregunta seguro el Iscariote. -Las que veo en el fondo de los corazones y leo en las frentes destronadas. Jesús marca mucho esta palabra. Todos se agitan: -¿Destronadas? ¿Por qué? ¿Qué quieres decir? -Un rey pierde el trono cuando es indigno de permanecer en él. Lo primero que se le quita es la corona que tiene en su frente como en el lugar más noble del hombre, único animal que - siendo animal como materia, pero sobrenatural como ser dotado de alma - tiene la frente erguida hacia el cielo. Pero no es necesario ser rey con un trono terreno para poder ser destronados. Todo hombre es rey por el alma y su trono está en el Cielo. Pero cuando un hombre prostituye su alma y viene a ser un animal, y viene a ser un demonio, entonces pierde el trono. El mundo está lleno de frentes destronadas, que ya no están erguidas hacia el Cielo, sino agachadas hacia el Abismo, gravadas con la palabra que en ellas ha esculpido Satanás. ¿Queréis saber qué palabra es? Es la que leo en las frentes. Está escrito en ellas: "¡Vendido!". Y, para que no tengáis dudas acerca de quién es el comprador, os digo que es Satanás, en sí mismo y en los siervos que tiene en el mundo». -¡Comprendo! Esos fariseos, por ejemplo, son siervos de un siervo que está por encima de ellos y que a su vez es siervo de Satanás -dice convencido Pedro. Jesús no rebate. -Pero, ¿sabes, Maestro, que esos fariseos, cuando han oído tus palabras, se han marchado escandalizados? A1 salir se han chocado conmigo y lo decían... Has estado muy tajante - observa Bartolomé. Y Jesús replica: -Pero muy verdadero. Si se tienen que decir estas cosas, es culpa de ellos, no mía. Es más, decirlas es un acto de caridad por mi parte. Toda planta que no haya plantado mi Padre celeste debe ser arrancada; y plantas no plantadas por Él es el improductivo brezal de parásitas hierbas, sofocantes, espinosas, que ahogan la semilla de la Verdad santa. Caridad es extirpar las tradiciones y preceptos que ahogan el Decálogo, lo enmascaran, hacen de él una cosa ineficaz e imposible de ser observado. Para las almas honestas, es caridad hacerlo. Respecto a ésos, a los alteros obstinados, cerrados a toda acción y consejo del Amor, dejadlos; que los sigan los que por corazón y por tendencias son semejantes a ellos. Son ciegos, guías de ciegos. Si un ciego guía a otro ciego, por fuerza caerán los dos en la fosa. Dejadlos que se nutran de esas cosas contaminadas a las que dan el nombre "pureza"; ya no pueden contaminarlos más, porque lo único que hacen es colocarse bien en la matriz de que provienen. -Esto que dices ahora empalma con cuanto dijiste en casa de Daniel, ¿no es verdad? Que no es lo que entra en el hombre lo que contamina, sino lo que sale del hombre» pregunta, pensativo, Simón e1 Zelote. -Sí - dice escuetamente Jesús. Pedro, después de un silencio, porque la seriedad de Jesús congela hasta el carácter más exuberante, solicita: -Maestro, yo - y no sólo yo - no he comprendido bien la parábola. Explícanosla un poco. ¿Cómo es que lo que entra no contamina y lo que sale contamina? Yo, si tomo un ánfora limpia y meto en ella agua sucia, la ensucio. Por tanto, lo que entra en el ánfora la ensucia. Pero si de un ánfora llena de agua pura arrojo agua al suelo, no ensucio el ánfora, porque del ánfora sale agua pura. ¿Y entonces? Y Jesús: -Nosotros no somos ánforas, Simón. No somos ánforas, amigos. ¡Y en el hombre no todo es puro! ¿Entonces también vosotros estáis sin inteligencia? Reflexionad sobre el caso que esgrimían contra vosotros los fariseos. Vosotros, decían, os contaminabais porque llevabais alimento a vuestra boca con manos polvorientas, sudadas... bueno, sin lavar. Pero, ¿esa comida a dónde iba? De la boca al estómago, de éste al vientre, del vientre a la cloaca. ¿Podrá, pues, portar impureza a todo el cuerpo, y a lo que en él está contenido, pasando sólo por el canal a ello destinado, cumpliendo su oficio de nutrir a la carne, sólo a ella, para terminar, como conviene, en una cloaca? ¡No es esto lo que contamina al hombre! Lo que contamina al hombre es lo que es suyo, únicamente suyo, aquello que suyo ha engendrado y dado a la luz. O sea, aquello que tiene en el corazón y del corazón sube a los labios y a la cabeza y corrompe el pensamiento y la palabra y contamina a todo el hombre. Del corazón vienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las blasfemias. Del corazón vienen avaricias, lujurias, soberbias, envidias, iras, apetitos intemperados, ocios pecaminosos. Del corazón viene el fómite de las distintas acciones; si el corazón es malo, malas serán éstas como el corazón. Todas las acciones: desde los actos de idolatría a las murmuraciones insinceras... Todas estas cosas malas que van del interior hacia afuera contaminan al hombre, no el comer sin lavarse las manos. La ciencia de Dios no es cosa del suelo, lodo para ser pisado por todo pie; es algo sublime, que habita en las regiones de las estrellas, de donde desciende con rayos de luz para informar de sí a los justos. No queráis, vosotros al menos, arrancarla de los cielos para envilecerla en el fango... Id a descansar ahora. Yo salgo para orar. 
 

lunes, 23 de febrero de 2026

¡Yo no te conozco! ¿Será Dios demasiado severo por pronunciar este veredicto?

 Una ola de amor a Jesús, que en Yuttá habla desde la casita de Isaac Toda Yuttá corre al encuentro de Jesús,

 Con flores silvestres de las laderas de sus montes y con las primicias de los frutos de sus campos, además de las sonrisas de sus niños y las bendiciones de sus habitantes. Antes de que Jesús ponga pie en el pueblo, se ve rodeado de estas buenas personas que, avisadas por Judas de Keriot y Juan, que habían sido enviados con anticipación, acuden a honrar al Salvador con las cosas mejores que han encontrado; sobre todo, con su amor. Jesús no hace otra cosa sino bendecir con el gesto y la palabra a las personas, adultos o niños, que están pegadas alrededor de Él y besan sus vestiduras y sus manos, o que depositan en sus brazos, para que los bendiga con un beso, a los lactantes; la primera que lo hace es Sara: le pone en su corazón a ese espléndido nene de diez meses que es ya Iesaí. Tan impetuoso es el amor, que hace difícil proseguir el camino; no obstante, es como una ola que aligera. Creo que Jesús camina, más por el impulso de esta ola que por el de sus propios pies. Sin duda, la alegría que le proporciona este amor eleva su Corazón bien alto, al cielo sereno. Su rostro refulge como en los momentos de más viva alegría de Hombre-Dios; no es ese rostro de poder, de magnética mirada, de cuando realiza milagros; tampoco es el rostro majestuoso de cuando expresa su unión continua con el Padre, ni el severo de cuando reprime un pecado: todos esplendorosos, aunque con diversa luminosidad. La luz de ahora es la de las horas de distensión de todo su yo, agredido por todas partes, obligado a vigilar siempre hasta los más mínimos gestos o palabras, suyos o de los demás, rodeado de todas las asechanzas de este mundo que lanzan - maléfica tela de araña - sus hilos satánicos para envolver a la divina Mariposa que es e1 Hombre-Dios, queriendo paralizar su vuelo y aprisionar su espíritu, para que no salve al mundo; queriendo amordazar su palabra, para que no instruya a los supremos y culpables ignorantes de la tierra; atar sus manos, para que no santifiquen - sus manos de Sacerdote eterno - a los hombres corrompidos por el demonio y la carne; tapar sus ojos, para que la perfección de su mirada, verdadero imán, perdón, amor, encanto que vence toda resistencia excepto la del perfecto Satanás, no atraiga hacia sí a los corazones. ¡Oh! ¿Es que, acaso, no sigue siendo así con Cristo por obra de sus enemigos? ¿Es que hoy día, la Ciencia y la Herejía, el Odio y la Envidia, los enemigos de la Humanidad, nacidos de la misma Humanidad cual ramas envenenadas en árbol bueno, no hacen, acaso, todo esto para que la Humanidad muera; ellos, que la odian más aún que a Cristo, puesto que la odian activamente privándola de su alegría al descristianizarla, mientras que a Jesús no pueden quitarle nada siendo Él Dios y ellos polvo? Sí, lo hacen. Mas Cristo se refugia en los corazones fieles, y desde allí mira habla, bendice a la Humanidad, y luego... y luego se da a estos corazones, y ellos... y ellos, aunque permanezcan aquí, tocan el Cielo bienaventurado, y arden hasta el punto de que todo su ser sufre un delicioso tormento: los sentidos, los órganos, los sentimientos, el pensamiento y, en fin, el espíritu... Lágrimas y sonrisas, gemidos y canto, agotamiento y urgencia de vida, son nuestros compañeros; más que compañeros: son nuestro propio ser, porque de la misma forma que los huesos están en la carne, y las venas y los nervios bajo la epidermis y todo ello constituye un solo hombre, igualmente estas cosas, verdaderamente encendidas, nacidas del hecho de que Jesús se ha dado a nosotros, están en nosotros, en nuestra pobre humanidad. ¿Y, qué somos nosotros en esos momentos, que no pueden ser eternos, porque si durasen más de algunos instantes moriríamos abrasados o fragmentados? No basta ya decir que somos hombres. No basta ya decir que somos animales dotados de razón que viven sobre la faz de la tierra. Somos, somos, ¡oh, Señor, déjame decirlo al menos una vez, no por soberbia, sino para cantar tus alabanzas, porque tu mirada me quema y me hace delirar!... ¡Somos serafines!, y me sorprende grandemente que de nosotros no salgan llamas y ardores sensibles para las personas y la materia, como sucede en las apariciones de los réprobos. Porque, si el fuego del Infierno es tal que basta un reflejo emanado de un réprobo para quemar la madera y derretir los metales - y ello es verdad -, ¿qué será tu fuego, ¡oh Dios!, que eres infinito y perfecto en todo? No morimos, no, de fiebre, no es ella la que nos quema, no nos consumimos de fiebre proveniente de enfermedades de la carne. ¡Tú eres nuestra fiebre, Amor! De esto se arde, se muere, nos consumimos, de esto y por esto se desgarran las fibras del corazón que no puede resistir tanto. Pero... no, digo mal, porque el amor es delirio, cascada que hace pedazos los diques y baja abatiendo todo lo que no es él; el amor es un agolparse de sensaciones en la mente, todas verdaderas, todas presentes... pero que la mano no puede transcribir, porque la mente es demasiado veloz en traducir en pensamiento el sentimiento que experimenta el corazón. No es verdad que morimos. Vivimos. Es una vida multiplicada por diez, una vida binaria: como hombres y como bienaventurados: la de la tierra y la del Cielo. Tengo la certeza de que no sólo se alcanza, sino que se supera, esa vida sin taras, sin menguas ni limitaciones, que Tú, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Tú, Dios Creador, uno y trino, habías dado a Adán; esa vida que era preludio de la Vida que habría de gozarse en el Cielo tras un pacífico paso, en los amorosos brazos de los ángeles - como el dulce sueño y asunción de María al Cielo -, del Paraíso terrenal al celestial, para ir a ti, a ti, a ti... Vivimos la verdadera Vida. Y luego nos encontramos de nuevo aquí, y, como yo ahora, nos asombramos, nos avergonzamos de haber ido tan allá, y decimos: Señor, no soy digno de tanto. Perdona, Señor», y nos damos golpes de pecho porque sentimos un gran miedo a haber cometido un acto de soberbia, y uno corre un velo, más espeso, para cubrir el resplandor, el cual no sigue llameando, por compasión hacia nuestra limitación, en modo supercompleto, sino que se recoge en el centro de nuestro corazón en espera de volver a arder con poderosa llama en un nuevo momento de beatitud querido por Dios. Uno corre el velo para cubrir el sagrario en que Dios arde con su fuego, su luz, su amor... y, agotados, aunque también regenerados, reanudamos el camino como... embriagados con un vino fuerte y delicado, que no obnubila la razón; antes bien, nos preserva de dirigir nuestra mirada o nuestros pensamientos hacia lo que no es el Señor, Tú, mi Jesús, eslabón de juntura entre nuestra miseria y la Divinidad, medio de redención para nuestra culpa, creador de beatitud para nuestra alma; , Hijo, que con tus manos heridas metes las nuestras entre las manos espirituales del Padre y del Espíritu Santo, para que estemos y permanezcamos, ahora y siempre, en Vosotros. Amén. Jesús entra en Yuttá. Lo llevan a la plaza del mercado, y de aquí a la mísera casucha en que Isaac se consumió durante treinta años. Le explican: -Aquí venimos a hablar de ti y a orar, como si fuera una sinagoga; la más auténtica, porque aquí hemos empezado a conocerte, aquí las oraciones de un santo te han llamado para venir a nosotros. Entra. Mira cómo lo hemos preparado. La casita, que no más de un año antes se componía de tres cuartuchos - el primero, donde Isaac, enfermo, mendigaba; el segundo un tabuco; el tercero, una cocinita que daba al patio -, ahora se ha transformado en una única estancia con bancos para las reuniones que allí se celebran. En el patio, en una barraquilla, están los pocos enseres y muebles de Isaac (cada objeto es una reliquia). Con la veneración de los habitantes de Yuttá, el patio presenta ahora un aspecto menos desolado, pues han puesto en él unas enredaderas que con sus flores cubren la rústica estacada y, siguiendo unas cuerdas que han sido extendidas en forma de red sobre el patio, forman un principio de enramada a la altura del techo bajo. Jesús los elogia y dice: -Aquí podemos quedarnos. Sólo os pido una cosa, que alojéis a las mujeres y al niño. -¡No, Maestro nuestro; jamás! Vendremos aquí, contigo, para que nos hables, pero Tú y los tuyos sois nuestros huéspedes. Concédenos la bendición de dar alojamiento a ti y a los siervos de Dios; lo único que sentimos es que no sean tantos como el número de casas... Jesús da su consentimiento y sale de la casita para ir a la de Sara, que no cede a nadie su derecho a invitar a Jesús y a los suyos a comer... Jesús está hablando en la casa de Isaac. La gente abarrota la estancia y el patio, y hasta incluso la plaza; Jesús, para que todos le puedan oír, se pone en el medio de la estancia, de forma que su voz se extienda tanto por el patio como por la plaza. Debe estar hablando de un aspecto que ha surgido de alguna pregunta o de algún hecho. Dice: -«... Pues bien, podéis estar seguros de que, como dice Jeremías, llegada la hora de la verdad, se darán cuenta de lo doloroso y amargo que es haber abandonado al Señor. Amigos, para ciertos delitos no hay nitro ni saponaria capaces de quitar la señal; ni siquiera el fuego del Infierno la corroe: es indeleble. También en este caso debe reconocerse la exactitud de las palabras de Jeremías, pues los grandes de Israel, los nuestros, asemejan las burras salvajes de que habla el Profeta. Están habituados al desierto de su corazón. Creedme: mientras uno está con Dios, aunque sea pobre, como Job, aunque esté solo o desnudo, no está nunca ni solo ni pobre ni desnudo, no es nunca un desierto. Ellos, sin embargo, han quitado a Dios de su corazón; por eso, están en un árido desierto. Como burras salvajes olisquean en el viento la presencia de los burros, que, en su caso, por su sed inapagable, se llama poder, dinero - además de lujuria en el verdadero sentido de la palabra -, y van tras ese olor, hasta cometer el reato. Sí, van tras él, y seguirán yendo, y no saben que no son los pies los que tienen desnudos sino el corazón, desguarnecido ante los dardos de Dios, que vengará su delito. Llegada esa hora, ¡cuán confusos quedarán reyes y príncipes, sacerdotes y escribas! Ellos, en verdad, han dicho, y dicen, a lo que es nada, o, peor aún, pecado: "¡Tú eres mi padre, tú me has engendrado!” En verdad, en verdad os digo que Moisés rompió con ira las tablas de la Ley al ver a su pueblo en la idolatría y luego volvió a lo alto del monte; oró, adoró y obtuvo. Ello sucedió hace siglos. Pero todavía no ha cesado, ni cesará - es más, crece, como levadura en la harina - la idolatría en el corazón de los hombres. Ahora casi todos los hombres tienen su propio becerro de oro. La tierra es una selva de ídolos, cada corazón es un altar sobre el que raramente está Dios; quien no tiene una mala pasión tiene otra, quien no tiene una concupiscencia tiene otra con otro nombre; quien no vive sólo para el oro vive sólo para obtener una posición, quien no vive sólo para la carne vive sólo para el egoísmo. ¡Cuántos yoes reducidos a becerros de oro reciben adoración en los corazones! Llegará, pues, el día en que, compungidos, llamarán al Señor, y oirán la respuesta: "Invoca a tus dioses. Yo no te conozco". Tremenda palabra ésta, si la pronuncia Dios dirigida a un hombre. Dios ha creado al Hombre raza y conoce a cada individuo humano, así que, si dice: "Yo no te conozco", es señal de que ha borrado con la fuerza de su voluntad a ese hombre de su memoria. ¡Yo no te conozco! ¿Será Dios demasiado severo por pronunciar este veredicto? El hombre ha gritado al Cielo: "Yo no te conozco" y el Cielo ha respondido al hombre: "Yo no te conozco". Fiel como el eco... 'Meditad además esto: el hombre está obligado a conocer a Dios por deber de gratitud y por respeto a su propia inteligencia. Por gratitud. Dios ha creado al hombre y le ha dado el don inefable de la vida; además lo ha provisto del regalo superinefable de la Gracia, que el hombre perdió por su culpa. He aquí que éste recibe una gran promesa: "Te restituiré la Gracia". Dios, el ofendido, habla en este modo al ofensor, casi como si Dios fuera el culpable, obligado a dar satisfacción. Y Dios ha mantenido su promesa: Yo estoy aquí para restituir la Gracia al hombre. Dios no se limita a dar lo sobrenatural, sino que incluso rebaja su Esencia divina a proveer a las gravosas necesidades de la carne y sangre del hombre, y ofrece el calor del sol, el alivio del agua, cereales, vino, árboles y animales de todas las especies. Así, el hombre ha recibido de Dios todos los medios para la vida. Es el Benefactor. La gratitud es obligada, y hay que mostrarla esforzándose en conocerlo. Por respeto a la propia razón. El imbécil, el estúpido, no muestran gratitud hacia quien los cuida, porque no comprenden el verdadero valor de esas atenciones, y odian a la persona que los lava y acerca la comida a su boca, que los guía a la cama o los acuesta, porque, siendo, como son, animalescos a causa de su desgracia, confunden los cuidados con las torturas. El hombre que falta en este sentido para con Dios se deshonra a sí mismo, que es un ser dotado de razón. Sólo un estúpido o demente no logra distinguir a su padre de un extraño, al benefactor del enemigo. El hombre inteligente conoce a su padre y a su benefactor y se complace en conocerlos cada vez más incluso en las cosas que ignora por haber sucedido antes de que él naciera de su padre o fuera beneficiado por su benefactor. Pues así debemos actuar para con el Señor, para mostrar que somos inteligentes, y no mentecatos. Sucede que en Israel demasiados son como estos dementes que no reconocen a su padre o a su benefactor. Jeremías se pregunta: "¿Podrá, acaso, una virgen olvidarse de sus atavíos o una esposa de ceñir su cintura?". Pues Israel está poblado de vírgenes insensatas que olvidan sus atavíos y de esposas impúdicas que olvidan los cinturones recatados y se ponen oropeles de meretriz; y esto se ve más extendido cuanto más se sube a las clases que deberían ser maestras del pueblo. Pues bien, he aquí el reproche que Dios, con cólera y llanto, les dirige: "¿Por qué te esfuerzas en mostrar que tu conducta es buena para buscar afecto, cuando en realidad enseñas la malicia y esos modos tuyos de actuar, y han encontrado en los bordes de tus vestiduras la sangre de los pobres e inocentes?". Amigos, la distancia es un bien y un mal. Estar muy lejos de los lugares donde a menudo hablo es un mal, porque os impide oír las palabras de Vida. Os doléis de ello y tenéis razón. Pero considerad que también es un bien porque así estáis lejos de los lugares donde fermenta el pecado, hierve la corrupción y se oye el zumbido de la insidia que obra contra mí, poniéndome zancadillas e insinuando a los corazones dudas y mentiras respecto a mí. Bien, pues yo os prefiero lejos antes que corrompidos. Me ocuparé de vuestra formación. Como podéis ver, Dios ya lo había hecho antes de que nos conociéramos y consecuentemente nos amáramos: me conocíais sin habernos visto nunca. Isaac ha sido el heraldo entre vosotros. Pues bien, enviaré a muchos como Isaac para que os refieran mis palabras. Pero debéis saber también que Dios puede hablar en todas partes, de Tú a tú, con el espíritu humano, y educarlo en su doctrina. No tengáis miedo a que por estar solos podáis errar. No. Si no queréis, no seréis infieles al Señor y a su Cristo. Pero si, a pesar de todo, hay quien no puede realmente estar lejos del Mesías, sepa que el Mesías le abre el corazón y los brazos y le dice: "Ven". Venid los que queráis venir; quedaos los que os queráis quedar. Mas unos y otros predicad a Cristo con una vida honesta; predicadlo contra la deshonestidad que anida en demasiados corazones, contra la ligereza de los infinitos que no saben permanecer fieles y que se olvidan de ponerse sus atavíos y de ceñirse las cinturas como conviene a las almas llamadas al desposorio con Cristo. Vosotros me habéis dicho, con alegría: "Desde que viniste no hemos tenido ya ni enfermos ni muertos. Tu bendición nos ha protegido". Sí, la salud es una cosa grande. Pero haced que esta venida mía de ahora os haga sanos de espíritu a todos, siempre y en todo. En vista de esto os bendigo y os doy mi paz: a vosotros, a vuestros niños, los campos, casas y mieses, a los rebaños y árboles frutales. Usadlo con santidad, no viviendo para ello, sino de ello, dando lo superfluo a quien esté carente, y tendréis la medida prensada de las bendiciones de1 Padre, y un lugar en el Cielo. Podéis marcharos. Yo me quedo a orar…

jueves, 5 de febrero de 2026

OH, PUEBLO DE MI PROPIEDAD




 ¡El pueblo de mi propiedad! Enteramente viene de Adán y Adán viene de mi Padre; todo él es, por tanto, obra del Padre, y a todos debo reunir en torno al Padre. Yo los conduzco a ti, Padre santo, eterno, potente; conduzco a ti a los hijos errantes después de congregarlos con la voz del amor, bajo mi cayado pastoral, semejante al que Moisés levantó contra las serpientes de muerte. Para que Tú tengas tu Reino y tu pueblo. Y no hago distinciones, porque en el fondo de todos los vivientes veo un punto que resplandece más que el fuego: el alma, una chispa tuya, eterno Esplendor. ¡Oh, eterno deseo mío! ¡Oh, voluntad incansable mía! Esto quiero, en esto ardo: una tierra que por entero cante tu Nombre, una humanidad que te llame Padre, una redención que a todos salve, una voluntad fortalecida que haga a todos obedientes a tu voluntad, un triunfo eterno que llene el Paraíso de un hosanna sin fin... ¡Oh, multitud de los Cielos!... Sí, veo la sonrisa de Dios... y es el premio contra toda dureza humana.


FUENTE: Capitulo 155,  fragmento, de los Evangelios según me han sido revelados por María Valtorta.

sábado, 17 de enero de 2026

QUIEN NO ANHELA EL CIELO, NO LO TENDRA

 «... En esto veo que me amáis también vosotros los de Cafarnaúm, que me habéis seguido dejando negocios y comodidades con tal de oír la palabra que os adoctrina. Sé también que ello, más que el hecho de dejar de lado esos negocios - con el consiguiente perjuicio a vuestra bolsa - os acarrea burlas e incluso menoscabo social. Sé que Simón, Elí, Urías y Joaquín se muestran contrarios a mí; hoy contrarios, mañana enemigos. Y os digo - porque no engaño a nadie, ni quiero engañaros a vosotros, mis fieles amigos - que, para perjudicarme, para proporcionarme dolor, para vencerme aislándome, ellos, los poderosos de Cafarnaúm, usarán todos los medios... Tanto insinuaciones como amenazas, tanto el escarnio como la calumnia. Todo usará el Enemigo común para arrancar almas a Cristo convirtiéndolas en presa propia. Os digo: Quien persevere se salvará; mas os digo también: Quien ame más la vida y el bienestar que la salud eterna es libre de marcharse, de dejarme, de ocuparse de la pequeña vida y del transitorio bienestar. Yo no retengo a nadie. E1 hombre es un ser libre. Yo he venido a liberar aún más al hombre. Liberarlo del pecado - para el espíritu - y de las cadenas: una religión deformada, opresiva, que no hace sino sofocar bajo ríos de cláusulas, de palabras, de preceptos, la verdadera palabra de Dios, limpia, concisa, luminosa, fácil, santa, perfecta. Mi venida es criba de las conciencias. Yo recojo mi trigo en la era y lo trillo con la doctrina de sacrificio y lo cierno con el cernedor de su propia voluntad. La cascarilla, el sorgo, la veza, la cizaña, volarán ligeros e inútiles, para caer pesados y nocivos y ser alimento de volátiles; en mi granero no entrará sino el trigo selecto, puro, consistente, bueno. El trigo son los santos. Desde hace siglos existe un duelo entre el Eterno y Satanás. Satanás, enorgullecido por su primera victoria sobre el hombre, le dijo a Dios: "Tus criaturas serán mías para siempre. Ni siquiera el castigo, ni la Ley que quieres darles, nada, las hará capaces de ganarse el Cielo, y esta Morada tuya, de la cual me expulsaste (a mí, que soy el único inteligente entre los seres creados por ti), esta Morada, se te quedará vacía, inútil, triste como todas las cosas inútiles". Y el Eterno respondió al Maldito: "Podrás esto mientras tu veneno, solo, reine en el hombre. Pero Yo mandaré a mi Verbo y su palabra neutralizará tu veneno, sanará los corazones, los curará de la demencia con que los has manchado o convertido en diablos, y volverán a Mí. Como ovejas que, descarriadas, vuelven a encontrar al pastor, volverán a mi Redil, Y el Cielo será poblado: para ellos lo he hecho. Rechinarán tus horribles dientes de impotente rabia, allí, en tu hórrido reino, prisionero y maldito; sobre ti los ángeles volcarán la piedra de Dios y la sellarán. Tinieblas y odio os acompañarán a ti y a los tuyos; los míos tendrán, sin embargo, luz y amor, canto y beatitud, libertad infinita, eterna, sublime". Satanás, con risotada burlesca juró: `Juro por mi Gehena que vendré cuando llegue la hora. Omnipresente estaré junto a los evangelizados, y veremos si eres Tú el vencedor o lo soy yo". Sí, para cribaros, Satanás os insidia y Yo os rodeo. Los contendientes somos dos: Yo y él; vosotros estáis en el medio. El duelo del Amor y el Odio, de la Sabiduría y la Ignorancia, de la Bondad y el Mal, está sobre vosotros y en torno a vosotros. Yo soy suficiente para repeler los malvados golpes dirigidos a vosotros. Me coloco en medio entre el arma satánica y vuestro ser y acepto ser herido en lugar de vosotros, porque os amo. Pero, en vuestro interior, vosotros debéis repeler, con vuestra voluntad, los golpes, corriendo hacia mí, poniéndoos en mi Camino, que es Verdad y Vida. Quien no anhela el Cielo no lo tendrá. Quien no es apto para ser discípulo del Cristo será como cascarilla ligera que el viento del mundo se llevará consigo. Los enemigos del Cristo son semilla nociva que renacerá en el reino satánico.

HOMBRES QUE ESTAN DE PASO....

 Jesús se pone junto a un árbol, a unos diez metros de Mateo, y empieza a hablar. -


El mundo es comparable a una gran familia, cuyos componentes tienen distintos oficios, todos necesarios. En él hay agricultores, pastores, viñadores, carpinteros, pescadores, albañiles; quién trabaja la madera o el hierro, quién escribe; hay soldados, oficiales destinados a misiones especiales, médicos, sacerdotes..., de todo hay. El mundo no podría estar compuesto de una sola categoría; son todas necesarias, todas santas, si hacen todas lo que deben con honestidad y justicia. Pero, ¿cómo se puede alcanzar esto, si Satanás tienta por tantas partes? Pues pensando en Dios, que ve todas las cosas, incluso las obras más escondidas, y pensando en su ley, que dice: “Ama a tu prójimo como te amas a ti mismo, no le hagas lo que no querrías que te hicieran a ti, no robes en ningún modo". Decid, vosotros que me escucháis: Cuando uno muere, ¿acaso se lleva consigo las bolsas de sus dineros? Y aunque fuera tan necio como para querer tenerlas consigo en el sepulcro, ¿puede, acaso, usarlas en la otra vida? No. Sobre la podredumbre de un cuerpo corrompido las monedas se transforman en pedazos de metal corroídos. En cambio, en otro lugar, su alma estaría desnuda, más pobre que el bendito Job, privada de la más insignificante moneda, aunque aquí y en la tumba hubiera dejado muchísimos talentos. Os digo más, ¡escuchad, escuchad! En verdad os digo que teniendo riquezas difícilmente se gana el Cielo - antes al contrario, generalmente con ellas se pierde, aunque sean riquezas adquiridas honestamente por herencia o ganadas, porque pocos son los ricos que las saben usar con justicia. ¿Qué hace falta, entonces, para conseguir este Cielo bendito, este reposo en el seno del Padre? Hace falta no tener avidez de riquezas. No tener avidez en el sentido de desearlas a toda costa, incluso faltando a la honestidad y al amor; no tener avidez en el sentido de que, teniendo esas riquezas, se amen más que al Cielo y al prójimo, negándole caridad al prójimo necesitado; no tener avidez por cuanto las riquezas pueden dar, o sea, mujeres, placeres, rica mesa, vestiduras pomposas, lo cual ofende a quien pasa frío y hambre. Hay, sí, hay una moneda para cambiar las monedas injustas del mundo por divisa que vale en el Reino de los Cielos, y es la santa astucia de hacer riquezas eternas de las riquezas humanas, a menudo injustas o causa de injusticia; se trata de ganar con honestidad, devolver lo que se obtuvo injustamente, usar de los bienes con moderación y desapego, sabiéndose separar de ellos, porque antes o después nos dejan - ¡ah, pensad esto! -, mientras que el bien realizado no nos abandona jamás. Todos querríamos ser llamados "justos" y que nos creyeran tales, ser premiados como tales por Dios. Pero, ¿cómo puede Dios premiar a quien sólo tiene nombre de justo, no teniendo las obras? ¿Cómo puede decir "te perdono", si ve que el arrepentimiento es sólo verbal y que no va acompañado de una verdadera mutación de espíritu? No existe arrepentimiento mientras dura el apetito hacia el objeto por el que se produjo nuestro pecado. Cuando uno, en cambio, se humilla, -se mutila del miembro moral de una mala pasión, que puede llamarse mujer u oro, diciendo: "Por ti, Señor, no más de esto", entonces es cuando verdaderamente está arrepentido, y Dios lo acoge diciendo: "Ven; te quiero como a un inocente, como a un héroe".

jueves, 1 de enero de 2026

TU SABES QUE YO TE AMO

 ¿Por qué me ha escogido Dios?

¿Quién soy yo?  Soy menos que un granito de polvo frente al  universo, soy menos que una gotita invisible frente al océano, soy menos que un repugnante gusanillo que se arrastra en el fango de la tierra.

Soy un pobre sacerdote, entre tantos, el menos culto, el menos docto, el más desprovisto, un pobre sacerdote rico sólo en innumerables miserias de toda naturaleza.

¿Por qué me ha escogido Dios? Para que se entienda que yo no soy más que un pobre instrumento en Sus Manos, para que se entienda por todos que no soy más que una miserable pluma despuntada, mi misma caligrafía es símbolo de mi inconmensurable pobreza y nulidad.

¿Por qué me ha escogido Dios? Para confundir a los soberbios, hinchados de orgullo por su saber, que han llenado la Iglesia de errores y de herejías, envenenando a las almas. Sí, necedades, errores, herejías, sobre Dios, sobre la Iglesia, sobre la Santísima Virgen, sobre la Revelación. Dios es infinitamente sencillo y nos quiere sencillos y humildes.

“En verdad, en verdad os digo que si no os volvéis sencillos como estos pequeños, no entraréis en el reino de los cielos”.

Basta transformar las cosas simples en las cosas más complicadas, basta acuñar nuevos vocablos, nuevas palabras, para ostentar su saber y atraer sobre sí, de este modo, la atención de los otros. Estimo útil esta breve introducción, si no necesaria, para que se establezca, entre mí, instrumento, y los lectores a los que está dirigido este libro, ambos envueltos en un designio de amor de la Providencia Divina, un contacto espiritual que facilite la acción de la divina voluntad. 

                                                                                  don Ottavio Michelini