lunes, 25 de mayo de 2020

JESUS LES DICE A LAS FAMILIAS DE HOY


 


«Quise observar las etapas de mi edad»
(Jesús le hace ver a Maria Valtorta cuando El era jovencito con José y María en la carpintería de José)

4 Dice Jesús:
«Te he confortado, alma mía, con una visión de mi niñez, feliz dentro de su pobreza
por haber estado rodeada del afecto de dos santos mayores, de los cuales el mundo no
tiene ninguno.
5 Se dice que José fue el padre nutricio mío. ¡Cierto es que, si bien no pudo, como
hombre, darme la leche con que me nutrió María, sí se quebrantó a sí mismo trabajando
para darme pan y confortación, y tuvo una dulzura de sentimientos de verdadera
madre! De él aprendí –y jamás alumno alguno tuvo un maestro mejor– todo aquello que
hace del niño un hombre; un hombre, además, que ha de ganarse el pan.
Si bien mi inteligencia de Hijo de Dios era perfecta, hay que reflexionar y creer que
Yo no quise saltarme sin más la regla de la edad. Por eso, humillando mi perfección
intelectiva de Dios hasta el nivel de una perfección intelectiva humana, me sujeté a
tener como maestro a un hombre, a tener necesidad de un maestro. Y el hecho de haber
aprendido con rapidez y buena voluntad no me quita el mérito de haberme sujetado186 a
un hombre, como tampoco le quita a este hombre justo el de haber sido él quien nutrió
mi pequeña mente con las nociones necesarias para la vida.
Esas gratas horas pasadas al lado de José (quien, como a través de un juego, me puso
en condiciones de ser capaz de trabajar), esas horas, no las olvido ni siquiera ahora que
estoy en el Cielo. Y cuando miro a mi padre putativo, veo nuevamente el huertecito y el
humoso taller, y me parece ver a mi Madre asomándose con esa sonrisa suya que hacía
de oro el lugar y dichosos a nosotros.
6 ¡Cuánto deberían las familias aprender de estos esposos perfectos, que se amaron
como ningunos otros lo hicieran!
José era la cabeza. Clara e indiscutible era su autoridad familiar; ante ella se plegaba
reverente la de la Esposa y Madre de Dios; a ella se sujetaba el Hijo de Dios. Todo lo que
José decidía, bien hecho estaba; sin discusiones, sin obstinaciones, sin resistencia alguna.
Su palabra era nuestra pequeña ley. ¡Y, a pesar de ello, cuánta humildad tuvo! Jamás
abusó de su poder, jamás dictaminó cosa alguna contra todo canon, simplemente por ser
el jefe. La Esposa era su dulce consejera, y aunque Ella, en su profunda humildad, se
considerase la sierva de su consorte, éste extraía, de su sabiduría de Llena de Gracia, la
luz para conducirse en todo lo que acaecía.
Y Yo así fui creciendo, cual flor protegida por dos vigorosos árboles, entre estos dos
amores que se entrelazaban por encima de mí para protegerme y amarme.
No. Mientras la edad me hizo ignorar el mundo, Yo no sentí nostalgia del Paraíso.
Presentes estaban Dios Padre y el Divino Espíritu, pues María estaba llena de Ellos. Y
los ángeles allí moraban, porque nada les hacía alejarse de esa casa. Y hasta podría decir
que uno de ellos se había revestido de carne y era José, alma angélica liberada del peso
de la carne, dedicada sólo a servir a Dios y a su causa y a amarle como le aman los
serafines. ¡Oh, la mirada de José!: pacífica y pura como la de una estrella ajena a toda
concupiscencia terrena. Era nuestro descanso y nuestra fuerza.
7 Hay muchos que piensan que Yo no sufrí humanamente cuando la muerte apagó
esa mirada de santo, esa mirada celadora presente en nuestra casa. Si bien, siendo Dios
–y, como tal, conociendo la feliz ventura de José– no me apenó su partida (que tras
breve estancia en el Limbo le había de abrir el Cielo), como Hombre sí lloré en esa casa
privada de su amorosa presencia. Lloré por el amigo desaparecido. ¿Y es que, acaso, no
debía haber llorado por este santo mío, en cuyo pecho, de pequeño, yo había dormido, y
del cual había recibido amor durante tantos años?

186 Para comprender esta idea cfr. Mc. 13, 32; Rom. 8, 3; Fil. 2, 7–8; Gal. 3, 13.


8 Finalmente pongo ante la consideración de los padres cómo sin contar con una
erudición pedagógica, José supo hacer de mí un hábil artesano. Apenas llegado Yo a la
edad que me permitía manejar las herramientas, no dejándome saborear la ociosidad,
me encaminó al trabajo, y se sirvió sobre todo de mi amor por María para estimularme a
trabajar: hacer aquellos objetos que le fueran útiles a Mamá. Y así se inculcaba el debido
respeto que todo hijo debería tener hacia su madre, y sobre este respetuoso y amoroso
fulcro apoyaba la formación del futuro carpintero.
¿Dónde están ahora las familias en que, a los pequeños se les haga amar el trabajo
como medio para realizar algo grato a los padres? Los hijos, actualmente, son los
déspotas de la casa. Se desarrollan indiferentes, duros, mezquinos para con sus padres, a
quienes consideran a su servicio, como si fueran sus esclavos; no los aman, y de ellos
reciben a su vez poco amor. En efecto, al mismo tiempo que hacéis de vuestros hijos
unos déspotas caprichosos, os separáis de ellos desentendiéndoos vergonzosamente.
Padres del siglo veinte, vuestros hijos son de todos menos vuestros: son de la nodriza,
de la institutriz, del colegio, si sois ricos; de los compañeros, de la calle, de las escuelas, si
sois pobres. No son vuestros. Vosotras, madres, los generáis, nada más; vosotros, padres,
hacéis lo mismo. Y, sin embargo, un hijo no es sólo carne; es mente, es corazón, es
espíritu. Creed, pues, que nadie tiene más deber y derecho que un padre y una madre de
formar esta mente, este corazón, este espíritu.
9 La familia existe, debe existir. No hay teoría o progreso alguno que pueda
válidamente demoler esta verdad sin provocar un desastre. Una institución familiar
desmoronada sólo puede dar futuros hombres y mujeres cada vez más depravados, causa
a su vez de calamidades crecientes. En verdad os digo que sería preferible que no os
casarais más, que no engendrarais más sobre esta tierra, en lugar de tener estas familias
menos unidas que un clan de monos, estas familias que no son escuela de virtud, de
trabajo, de amor, de religión, sino un caos en que todos viven autónomamente, como
engranajes desengranados que al final terminan por romperse.
Seguid, seguid destruyendo. Ya estáis viendo y sufriendo, los frutos de vuestra acción
quebrantadora de la forma más santa de la vida social. Seguid, seguid, si queréis. Pero
luego no os quejéis de que este mundo sea cada vez más infernal, morada de monstruos
devoradores de familias y naciones. ¿Así lo queréis? Pues sea así».


El mundo se ha desequilibrado porque ha perdido el pensamiento de mi Pasión.

 
 
11-144

Febrero 2, 1917


El mundo se ha desequilibrado porque
ha perdido el pensamiento de la Pasión.

(1) Encontrándome en mi habitual estado, me he encontrado fuera de mí misma, y he encontrado a mi siempre amable Jesús, todo chorreando sangre, con una horrible corona de espinas, y con dificultad me miraba por entre las espinas, y me dijo:
(2) “Hija mía, el mundo se ha desequilibrado porque ha perdido el pensamiento de mi Pasión. En las tinieblas no ha encontrado la luz de mi Pasión que lo ilumine, que haciéndole conocer mi Amor y cuántas penas me cuestan las almas, pueda reaccionar y amar a quien verdaderamente lo ha amado, y la luz de mi Pasión, guiándolo, lo ponía en guardia de todos los peligros; en la debilidad no ha encontrado la fuerza de mi Pasión que lo sostenga; en la impaciencia no ha encontrado el espejo de mi paciencia que le infunda la calma, resignación, y ante mi paciencia, avergonzándose tenga como un deber dominarse a sí mismo; en las penas no ha encontrado el consuelo de las penas de un Dios, que sosteniendo las suyas le infunda amor al sufrir; en el pecado no ha encontrado mi santidad, que haciéndole frente le infunda odio a la culpa. ¡Ah! en todo ha prevaricado el hombre porque se ha separado en todo de quien podía ayudarlo, por eso el mundo ha perdido el equilibrio, ha hecho como un niño que no ha querido conocer más a su madre, como un discípulo que desconociendo al maestro no ha querido escuchar más sus enseñanzas ni aprender sus lecciones, ¿qué será de este niño y de este discípulo? Serán el dolor de sí mismos y el terror y el dolor de la sociedad. Tal se ha hecho el hombre, terror y dolor, pero dolor sin piedad, ¡ah, el hombre empeora, empeora siempre más y Yo lo lloro con lágrimas de sangre!”

 

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miércoles, 20 de mayo de 2020

El globo es Dios, los rayos los inmensos atributos de Dios.

(18) 1° El globo es Dios, los rayos los inmensos atributos de Dios.

(19) 2°. El sol es fuego, pero al mismo tiempo es luz y es calor, así que la Santísima Trinidad está representada en el sol: El fuego es el Padre, la luz es el Hijo, el calor es el Espíritu Santo, pero uno es el sol, y así como no se puede dividir el fuego de la luz y del calor, así una es la potencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que entre Ellos no se pueden realmente separar. Y así como el fuego en el mismo instante produce la luz y el calor, así que no se puede concebir el fuego sin concebirse también la luz y el calor, así no se puede concebir al Padre antes del Hijo y del Espíritu Santo y así recíprocamente, tienen los Tres el mismo principio eterno.

(20) Agrego que la luz del sol se expande por todas partes; así Dios, con su inmensidad dondequiera penetra, sin embargo recordemos que no es más que una sombra, porque el sol no llegaría a donde no puede penetrar con su luz, pero Dios penetra dondequiera. Dios es Espíritu purísimo y nosotros lo podemos simbolizar en el sol que hace penetrar sus rayos dondequiera, sin que ninguno los pueda tomar entre las manos, Dios mira todo, las iniquidades, las infamias de los hombres y Él queda siempre lo que es, puro, santo, inmaculado. Sombra de Dios es el sol que manda su luz sobre las inmundicias y queda inmaculado, expande su luz en el fuego y no se quema, en el mar, en los ríos y no se ahoga, da luz a todos, fecunda todo, da vida a todo con su calor y no empobrece de luz, ni pierde nada de su calor y mucho más, mientras hace tanto bien a todos, él de ninguno tiene necesidad y queda siempre lo que es, majestuoso, resplandeciente, sin cambiarse jamás. ¡Oh! Cómo se representan bien en el sol las cualidades divinas, Dios, con su inmensidad se encuentra en el fuego y no arde, en el mar y no se ahoga, bajo nuestros pasos y no lo pisamos, da a todos y no empobrece y de nadie tiene necesidad, ve todo, más bien es todo ojos y no hay cosa que no sienta, está al día de cada fibra de nuestro corazón, de cada pensamiento de nuestra mente, y siendo Espíritu purísimo no tiene ni oídos, ni ojos, y pase lo que pase no cambia jamás. El sol, invistiendo al mundo con su luz no se fatiga, así Dios, dando vida a todos, ayudando y rigiendo al mundo, no se fatiga. Para no gozar más la luz del sol y sus benéficos efectos, el hombre puede esconderse, puede poner obstáculos, pero al sol nada le hace, permanece como es, el mal caerá todo sobre el hombre. Así el pecador, con el pecado puede alejarse de Dios y no gozar más sus benéficos influjos, pero a Dios nada le hace, todo el mal es suyo.

(21) También la redondez del sol me simboliza la eternidad de Dios, que no tiene ni principio ni fin. La misma luz penetrante del sol, que nadie puede contener en su ojo, y que si alguien quisiera mirarlo fijamente en pleno mediodía quedaría deslumbrado, y si el sol se quisiera acercar al hombre, éste quedaría reducido a cenizas. Así del Sol Divino, ninguna mente creada puede restringirlo en su pequeña mente para comprenderlo en todo lo que es, y si quisiera esforzarse quedaría deslumbrada y confundida, y si este Sol Divino quisiera hacer ostentación de todo su amor, haciéndoselo sentir al hombre mientras está aun en carne mortal, el hombre quedaría incinerado. Por lo tanto, Dios ha puesto una sombra de Sí y de sus perfecciones en todo lo creado, así que parece que lo vemos y lo tocamos y por Él quedamos tocados continuamente.

(22) Además de esto, después de que el Señor dijo aquellas palabras: “La fe es Dios”. Yo le dije: “Jesús, ¿me quieres?”

(23) Y Él ha agregado: “Y tú, ¿me quieres?”

(24) Yo enseguida he dicho: “Sí, Jesús, y Tú lo sabes, que sin Ti siento que me falta la vida”.

(25) “Pues bien”. Ha añadido Jesús. “Tú me quieres, Yo también, por lo tanto amémonos y estemos siempre juntos”.

(26) Así ha terminado por esta mañana. Ahora, ¿quién puede decir cuánto ha comprendido mi mente de este Sol Divino? Me parece verlo y tocarlo por todas partes, es más, me siento revestida por Él dentro y fuera de mí misma, pero mi capacidad es pequeña, pequeña, que mientras parece que comprende alguna cosa de Dios, al verlo parece que no he comprendido nada, más bien me parece haber dicho disparates, espero que Jesús me los perdone.

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2-2
Marzo 10, 1899

El Señor le hace ver muchos castigos.



(1) Estando en mi habitual estado se ha hecho ver mi siempre amable Jesús, todo amargado y afligido y me ha dicho:

(2) “Hija mía, mi justicia se ha vuelto muy pesada, y son tantas las ofensas que me hacen los hombres que no puedo sostenerlas más. Por lo tanto la guadaña de la muerte está a punto de matar a muchos, de improviso y de enfermedades, y además son tantos los castigos que verteré sobre el mundo, que serán una especie de juicio”.

(3) ¿Quién puede decir los tantos castigos que me ha hecho ver, y el modo como yo he quedado aterrorizada y espantada? Es tanta la pena que siente mi alma, que creo es mejor pasarla en silencio.

(4) Continúo diciendo porque la obediencia lo quiere; entonces me parecía ver las calles llenas de carne humana y la sangre que inundaba la tierra, ciudades sitiadas por enemigos que no perdonaban ni siquiera a los niños; me parecían como tantos animales salidos del infierno, no respetaron ni iglesias ni sacerdotes. Parecía que el Señor mandaba un castigo del Cielo, cuál sea no sé decirlo, sólo me parecía que todos recibiremos un golpe mortal, y quién quedará víctima de la muerte y quién se repondrá. Me parecía también ver las plantas secas y muchos otros males que deben venir sobre las cosechas. ¡Oh Dios, qué pena ver estas cosas y estar obligada a manifestarlas! ¡Ah Señor, aplácate, yo espero que tu sangre y tus llagas sean nuestro remedio, o bien viértelos sobre esta pecadora, pues los merezco, de otra manera tómame y entonces estarás libre de hacer lo que quieras, pero mientras viva haré cuanto pueda para oponerme!

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