martes, 1 de enero de 2013

¿QUIENES TEMEN LA MUERTE? -parte 2


Dice Jesús:
«Esta ira de las naciones es el signo precursor de mi ira, porque así debe suceder. Hora
penosa, pobres hijos míos que la padecéis, pero es inevitable que exista porque todo debe
estar cumplido, de Bien y Mal, sobre la Tierra antes de que llegue mi hora. Entonces diré:
"Basta" y vendré como Juez y Rey para asumir también el reino de la tierra y juzgar los
pecados y los méritos del hombre.
Cuando leéis en el libro de Juan las palabras: "la hora de juzgar a los muertos" pensáis
que se refiera a los que, incluso desde hace siglos, ya han cruzado a otras esferas de
misterio que será conocido sólo cuando uno será introducido. Sí. Muerte quiere decir
transmigración del alma a otras zonas distintas de la tierra. Pero hay un sentido más amplio
en la palabra de Juan: los muertos de que habla pueden estar incluso vivos, según la carne,
pero en verdad ser, a los ojos de quien ve, Muertos.
Son los grandes Muertos, porque no habrá ninguna resurrección para ellos. Muertos a
Dios no tendrán nunca más, para siempre, el bien de poseer la Vida, es decir, a Dios, ya que
Dios es Vida eterna.
Igualmente, con sentido más amplio del que pueden suscitar las simples palabras, los
profetas, los siervos, los santos de que habla Juan, simbolizan, bajo esas tres
denominaciones, a todas las criaturas que han sabido vivir en el espíritu.
Cuántas humildes viejecitas, cuántos pobres niños, cuántos sencillos e incultos hombres,
cuántas mujeres analfabetas, desconocidas a las muchedumbres, están escondidas y
comprendidas en las palabras: profetas, siervos, santos. De señalarlas al mundo éste reiría.
Pero en verdad, en verdad os digo que es más profeta, siervo y santo mío, uno de estos
pobres, según la carne, que un docto soberbio, un gran presuntuoso, un mismo ministro mío,
en los que falte aquello que os hace santos a mis ojos: saber vivir según mi Palabra y saber
hacer mi Voluntad con fe, con caridad, con esperanza constantes.
Mi sonrisa a mis bienaventurados en la hora de mi venida como Rey y Juez encenderá un
sol siete veces mayor que el sol común y resplandecerán mis cielos de él, mientras los coros
angélicos cantarán mis alabanzas y las de mi siervos que tendrán en aquella hora,
proclamadas por Mí, contra el mundo necio y ciego, sus virtudes que les hacen hijos míos.
Pero para los que tales no son, y especialmente para los que con su actuar han llevado a
perdición a la tierra y a los débiles de la tierra, mi mirada será fulgor que precipita en el
abismo, ya que es inevitable que exista el Mal, pero malditos para siempre los que se hacen
siervos y administradores del Mal».
Éste es el comentario a los versículos 17-18 del capítulo 11° del Apocalipsis, como me lo
comenta Jesús.)

No hay comentarios:

Publicar un comentario