18 de junio 1943. María Valtorta.
Dice Jesús:
«Para mantener las fuerzas físicas hay que nutrir el cuerpo. El indigente que no
puede comprar alimento, lo mendiga a los ricos. Normalmente pide pan. Sin el pan es
imposible la vida.
Vosotros sois pobres que necesitáis alimento para vuestra alma. A vuestra pobreza
Yo he dado el Pan eucarístico. Él os nutre la médula del alma, da vigor al espíritu,
sostiene las fuerzas espirituales, aumenta el poder de todas las facultades intelectuales,
porque donde hay vigor de vida hay también vigor de mente.
Alimento sano que comunica salud. Alimento verdadero que infunde vida verdadera.
Alimento santo que suscita santidad. Alimento divino que da a Dios.
Pero además de pobres sois enfermos, débiles no sólo por la debilidad que produce
la falta de alimento y que cesa con éste. Sois débiles por las enfermedades que os
extenúan. ¡Cuántas enfermedades tiene vuestra alma! ¡Cuántos gérmenes os inocula el
Maligno para crear estas enfermedades! A quien está débil y enfermo es necesario
darle no sólo pan sino también vino.
Yo en mi Eucaristía os he dejado los dos signos de lo que necesita vuestra
naturaleza de hombres pobres y vuestra debilidad de hombres enfermos. Pan que
nutre, vino que fortalece.
Hubiera podido comunicarme a vosotros sin signos externos. Puedo hacerlo. Pero
tenéis demasiada pesantez para captar lo espiritual. Vuestros sentidos externos
necesitan ver. Vuestra alma, vuestro corazón, vuestra mente, se rinden solamente, y
aún así con fatiga, ante las formas visibles y tocables. Es tan cierto que, aunque
lleguéis a creer en Mí en la Eucaristía y a recibirme en la hostia, la gran mayoría no
admitís la infusión del Espíritu en vosotros, de quien os vienen latidos, luces, impulsos
de obras buenas.
Si creyerais con esa fuerza de la que es digna el Misterio, sentiríais, al recibirme,
entrar en vosotros una vida. El acercarme a vosotros os debería arder como el
acercarse a una caldera ardiente. Mi estar en vosotros os debería sumergir en un
éxtasis que os abstraería lo profundo del espíritu en un rapto de Paraíso.
El fundirse de vuestra humanidad enferma con mi Humanidad perfecta os traería
salud hasta física, por lo cual, enfermos corporalmente, resistiríais a las enfermedades
hasta que Yo dijese "Basta" para abriros el Cielo. Os daría inteligencia para entender
rápida y justamente. Os haría impenetrables a los asaltos desenfrenados o a las sutiles
insidias de la Bestia.
En cambio puedo hacer poco porque entro donde la fe es lánguida, donde la caridad
es superficial, donde la voluntad está en esbozo, donde la humanidad es más fuerte
que el espíritu, donde, sobre todo, no os esforzáis en reprimir la carne para que emerja
el espíritu.
No os esforzáis para nada. Esperáis de Mí el milagro. Nada me prohíbe cumplirlo.
Pero Yo quiero de vuestra parte al menos el deseo de merecerlo.
A quien se dirige a Mí gritando que le ayude e imitando la fe de las muchedumbres
de Galilea, Yo me comunicaré no sólo con mi Cuerpo y mi Sangre, sino con mi Caridad,
con mi Inteligencia, con mi Fuerza, con mi Voluntad, con mi Perfección, con mi Esencia.
Estaré, en el alma que sabe venir a Mí, como estoy en el Cielo, en el seno del Padre del
que procedo generando el Espíritu que es Caridad y vértice de perfección».
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