domingo, 6 de enero de 2013

LA RESURRECCION- QUE TODO CRISTIANO DEBE LEER



LA RESURRECCIÓN
En el huerto todo es silencio y brillar de rocío. Después de haber olvidado su azul-negro, con pespuntes de estrellas que por toda la noche han contemplado el mundo, el cielo va tomando los tintes de un zafiro más claro. El alba va empujando de oriente a occidente las zonas todavía oscuras, como la onda durante la marea alta que avanza siempre más, cubriendo la oscura playa, y sustituyendo el gris negro de la mojada arena y de los  con el azul marino de la gua.
Alguna que otra estrella no quiere morir, aunque su parpadear es cada vez más débil,  bajo la onda de luz blanco-verdosa del alba, de un color gris-lechoso, como la fronda de aquellos soñolientos olivos que coronan a ese montecillo poco lejano. Y luego naufraga sumergida por la onda del alba, como tierra que el agua cubre. El cielo pierde sus ejércitos de estrellas, y sólo, allá en las extremidades occidentales, tres, luego dos, finalmente una, se quedan a con templar ese prodigio diario que es la aurora cuando surge.
Y cuando un hilo de color rosa tira una línea sobre la seda de color turquesa del
cielo oriental, un suspiro de viento pasa por la fronda, por las hierbas diciendo:
«Despertaos. El día ha salido.» Pero no despierta sino la fronda y la hierba, que se estremecen bajo sus diamantes de rocío y hacen un tenue movimiento, acompañado de las melodías  las gotas dejan al caer.
Los pajarillos aún no se despiertan entre el tupido ramaje de un altísimo ciprés que parece dominar como señor en su reino, ni en el seto vivo de laureles que defiende del  cierzo.
Los guardias, fastidiados, temblando de frío, muriéndose de sueño guardan el sepulcro  en diversas actitudes. La puerta del sepulcro, a su extremidad, ha sido reforzada con una gruesa capa de cal, como si fuese un contrafuerte. Sobre el color blanco opaco golpean las largas ramas del rosal, como sobre el sello del templo.
Seguramente que las guardias hicieron alguna fogata en la noche porque hay ceniza y tizones por el suelo. Habrán jugado y comido pues todavía hay sobras de comida tiradas por el suelo y huesitos pulidos, que usaron en su juego, a modo de nuestro dominó, o al infantil de las canicas, sobre un tablero hecho en la vereda. Luego se cansaron, dejaron todo como estaba, y buscaron dónde poder acomodarse para dormir o velar.
En el cielo que tiene en el oriente una raya rosada que avanza hacia el firmamento sereno, donde todavía no hay ni un rayo de sol, se asoma, viniendo de desconocidas profundidades, un meteoro brillantísimo que desciende, cual bola de fuego de un resplandor inimaginable, seguido de una brillante estela, que tal vez no es más que la huella de su fulgor en nuestra retina. Desciende velocísima hacia la tierra, derramando una luz tan intensa, que pese a su belleza infunde temor. La rosada luz de la aurora desaparece
al contacto de  blanquísima incandescencia.
Los guardias levantan espantados sus cabezas, porque junto con la luz llega un retumbo armónico, majestuoso que llena todo lo creado. Viene de las profundidades paradisíacas.
Es el aleluya, la gloria angelical que sigue al Espíritu de Jesús, que vuelve a su cuerpo glorioso.
El meteoro da contra la inútil cerradura del sepulcro, lo destruye, lo echa por
tierra, esparce terror y fragor sobre los guardias, que habían sido puestos de carceleros  del Dueño del Universo, y al pegar contra la tierra provoca un nuevo terremoto como había sucedido cuando el Espíritu del Señor salió de la tierra. Entra en la oscuridad del sepulcro que se ilumina con esa luz indescriptible, y mientras permanece suspendida en el aire, inmóvil, el Espíritu vuelve a entrar en el cuerpo sin vida bajo las fúnebres bendas.
Todo esto no sucedió en un minuto, sino en fracción de minuto. El aparecer,
descender, penetrar y desaparecer la luz de Dios ha sido velocísimo...
El «quiero» del divino Espíritu a su frío cuerpo no recibe contestación. El «quiero» lo dice la Esencia a la materia muerta. Sin embargo no se oye ni una palabra.
La carne recibe la orden, obedece con un profundo respiro...No pasa más de un minuto.
Bajo el Sudario y la Sábana la carne gloriosa se transforma en una eterna belleza; despierta del sueño de la muerte, vuelve de la «nada» en que estaba. El corazón se despierta. Da el primer latido. Empuja en las venas la helada sangre que quedó e inmediatamente crea lo que necesitan las arterias vacías, lo que necesitan los pulmones inmóviles, el cerebro. Lleva calor, salud, fuerzas, pensamiento.
Un instante más, y un movimiento repentino se sucede bajo la Sábana, tan repentino que del instante en que El ciertamente mueve las manos cruzadas al momento en que aparece de pie, imponente, brillantísimo con su vestido de inmaterial materia, sobrenaturalmente hermoso y majestuoso, con esa solemnidad que lo cambia, lo eleva, siendo siempre el mismo, apenas si el ojo humano tiene tiempo de captar los cambios.
Y ahora lo admiro: tan diverso de lo que mi memoria me presenta, limpio, sin
heridas, ni sangre. Despide luz de sus cinco llagas y brota también de cada poro de su piel.
Cuando da el primer paso — y al moverse los rayos que brotan de manos y pies le forman como aureola de luz, desde la cabeza nimbada de una corona que le hicieron las heridas de las que no brota sangre sino resplandor, hasta la orla del vestido, cuando al abrir sus brazos que tiene cruzados sobre el pecho, descubre una luminosidad vivísima que se trasluce por el vestido encendiéndole a la altura del corazón — entonces realmente es la «Luz» que ha tomado cuerpo. No se trata de la pobre luz terrena, ni de la de los astros, ni de la del sol, sino de la de Dios. Todo el brillo paradisíaco se junta en un solo Ser y le da su azul inimaginable por pupilas, su fuego de oro por cabellos, su candidez angelical por vestiduras y colorido, y lo que no puede describir la palabra humana, el inmenso ardor de la Santísima Trinidad, que anula con su potencia abrasadora cualquier fuego del paraíso, absorbiéndolo en Sí para engendrarlo de nuevo
en cada instante del tiempo eterno, Corazón del cielo que atrae y difunde su sangre, las incontables gotas de su sangre incorpórea: los bienaventurados, los ángeles, todo cuanto es el paraíso: el amor de Dios, el amor a El. Lo que forma al Jesús resucitado todo es luz.
Cuando se dirige hacia la salida, mis ojos ven además de su resplandor, dos
luminosidades hermosísimas, cual estrellas con respecto al sol. Las veo a cada una a un lado del umbral, postradas en adoración ante su Dios que pasa envuelto en su luz, derramando dicha en su sonrisa. Sale. Deja su fúnebre gruta. Vuelve a pisar la tierra que se despierta de alegría y se adorna con el brillo del rocío, con los colores de las hierbas, de los rosales, con las innumerables corolas de los manzanos que se abren milagrosamente al primer beso que les da el sol. La tierra saluda adorando al Sol eterno que por ella pasa.
Los guardias están allí, medio muertos... Los ojos mortales no ven a Dios, pero sí los puros del universo. Ven y admiran las flores, las hierbas, los pajaritos al Poderoso que pasa en un nimbo de Luz que es suya, en un nimbo de luz solar.
Su sonrisa, su mirada que se posa sobre las flores, sobre las ramitas, que se levanta al cielo, todo lo reviste de su belleza. Más suaves y transparentes que el del más bello rosal son los pétalos que forman una corona sobre la cabeza del vencedor. El rocío le brinda sus diamantes. En el cielo sus ojos resplandecientes se reflejan.
 El sol alegre pinta con sus colores una nubecilla de una ligera brisa para que venga a besar a su Rey, trayéndole los perfumes de los jardines que extrajo y las caricias de los delicados pétalos.
Jesús levanta su mano. Bendice. Los pajarillos se desgranan en trinos. El viento en perfumes. Jesús desaparece de mi vista, pero me deja sumergida en una alegría que me borra aun el más leve recuerdo de tristezas, sufrimientos y titubeos del día de mañana...

JESÚS SE APARECE A SU MADRE
La Virgen está postrada con el rostro en tierra. Parece un ser abatido, como la flor muerta de sed de que ha hablado.
La cerrada ventana se abre bruscamente, y con el primer rayo del sol entra Jesús.
María, que se estremeció al ruido y levanta su cabeza para ver qué clase de viento hubiera abierto las hojas de la ventana, mira a su radiante Hijo: hermoso, infinitamente más hermoso de lo que era antes de su pasión, sonriente, vivo, luminoso más que el sol, de un vestido blanco que parece tejido con la luz, y que se acerca a Ella.
María se endereza sobre sus rodillas y juntando sus manos sobre el pecho, en cruz, habla con un sollozo que es risa y llanto: «Señor, Dios mío.» Y se queda extasiada al contemplarlo. Las lágrimas que bañaban su rostro se detienen. Su rostro se hace sereno, tranquilo con la sonrisa y el éxtasis.
Jesús no quiere ver a su Madre de rodillas como a una esclava. Tendiéndole las
manos de cuyas llagas salen rayos que hacen más luminoso su cuerpo, le dice: «
¡Madre!» No es la palabra desconsolada de las conversaciones y de los adioses anteriores a la pasión, ni el lamento desgarrador de su encuentro en el Calvario y en su último suspiro.
Es un grito de triunfo, de alegría, de victoria, de fiesta, de amor, de gratitud. Se inclina sobre su Madre que no se atreve a tocarlo, le pasa las manos por los codos doblados, la pone de pie, la estrecha contra su corazón y la besa.
¡Oh!, entonces María comprende que no es una visión, que es realmente su Hijo
resucitado, que es su Jesús, su Hijo quien la sigue amando como a tal. Y con un grito se le echa al cuello, lo abraza, lo besa, entre lágrimas y sonrisas. Lo besa en la frente donde no hay más heridas; en la cabeza que no está despeinada, ni ensangrentada; en los brillantes ojos, en las mejillas sanas, en la boca que está hinchada. Luego le toma las manos, besa el dorso y la palma. Se arrodilla, besa sus pies al levantar la resplandeciente vestidura. Luego se pone de pie, lo mira, pero no se atreve a hacer más.
Entonces El sonría y comprende. Entreabre su vestido, muestra el pecho y pregunta: « ¿Madre, no besas ésta, que tanto te hizo sufrir y que eres la única digna de besar? Bésame en el corazón, Madre. Tu beso me borrará el último recuerdo de todo lo que fue dolor y me dará la alegría que falta aun a mi júbilo de resucitado.» Toma entre sus manos el rostro de la Virgen, le apoya sus los labios en la herida del costado de que manan ríos de vivísima luz.
El rostro de María se nimba con esa luz, pues está envuelto en sus rayos. Besa una y otra vez la herida, mientras Jesús la acaricia. No se cansa de besar. Parece un sediento que bebe de un manantial, y que bebe con las linfas la vida, que iba perdiendo.

Jesús habla.
«Ha terminado todo, Madre. Ahora no tienes más por qué llorar a tu Hijo. La prueba ha acabado. La redención se ha realizado. Madre, gracias por haberme concebido, alimentado, ayudado en la vida y en la muerte.
Tus plegarias llegaron hasta Mí. Fueron mi fuerza en el dolor, mis compañeros en mi viaje por la tierra y más allá. Conmigo fueron a la cruz y al limbo. Fueron el incienso que precedían al Pontífice que fue a llamar a sus siervos para llevarlos al templo que no muere: a mi cielo. Fueron conmigo al paraíso, adelantándose cual voz angelical el cortejo de los redimidos a cuya cabeza iba para que los ángeles estuviesen prontos a saludarme corno al Vencedor, que regresaba a su reino. El Padre y el Espíritu vieron, oyeron tus plegarias, que tuvieron la sonrisa de la flor más bella, que fueron más melodiosas que el más dulce cántico que en el paraíso hubiera brotado. Los patriarcas, los nuevos santos, los primeros ciudadanos de mi Jerusalén las oyeron, y te traigo ahora
su agradecimiento. Madre, al mismo tiempo que el beso y bendición de nuestros
parientes, te traigo los de tu esposo de alma, José.
Todo el cielo canta sus hosannas a ti, Madre mía, ¡Madre santa! Un hosanna que no muere, que no es falaz como el que hace pocos días me brindaron.
Ahora me voy al Padre con mi vestido humano. El Paraíso debe ver al Vencedor en su vestido de Hombre con el que vencí el pecado del hombre. Pero luego volveré otra vez.
Debo confirmar en la fe a quien aun no cree y que tiene necesidad de creer para llevar a otros; debo fortificar a los pusilánimes que tendrán necesidad de mucha fortaleza para
resistir el ataque del mundo.
Luego subiré al cielo. Pero no te dejaré sola. Madre, ¿ves ese velo? En mi
aniquilamiento, quise mostrarte una vez mi poder con un milagro, para que te consolase.
Ahora realizo otro. Me tendrás en el Sacramento, real como cuando me llevabas
en tu seno. No estarás jamás sola. En estos días lo has estado.
Este dolor tuyo era necesario a mi redención. Mucho se le irá añadiendo porque seguirá aumentando el pecado. Llamaré a todos mis siervos para que comparticipen de esta redención. Tú eres la que sola harás más que todos los santos juntos. Por esto era necesario también este abandono. Ahora no más.
No estoy más separado del Padre. Tú no lo estarás más de tu Hijo. Y al tener al Hijo, tienes a nuestra Trinidad. Cielo viviente, llevarás sobre la tierra a la Trinidad entre los hombres; santificarás la Iglesia, tú, Reina del sacerdocio y Madre de los que creerán en Mí. Luego vendré a llevarte. No estaré ya más en ti, sino tu en Mí, en mi reino, para que hagas más bello mi Paraíso.

Ahora me voy, Madre. Voy a hacer feliz, a la otra María. Luego subiré a donde mi Padre,y de ahí vendré a ver a quien  no cree.
Madre, dame tu beso por bendición. Mi paz te acompañe. Hasta pronto.»
Jesús desaparece en el sol que baja a torrentes del cielo matinal y tranquilo.

 (Escrito el 1° de abril de 1945), por la vidente María Valtorta dictado por nuestro Señor Jesucristo.

ESPECIALMENTE A LOS CRISTIANOS

Dice Jesús:
«Quien cierra el corazón a la misericordia cierra el corazón a Dios. Porque Dios está en
vuestros hermanos y quien no es misericordioso hacia los hermanos no es misericordioso
hacia Dios.
No se puede separar a Dios de sus hijos, y pensad bien que vosotros que vivís sois todos
hijos del Eterno que os ha creado. También aquellos que en apariencia no lo son, porque
viven fuera de mi Iglesia, lo son. No creáis que os es lícito ser duros, egoístas, porque uno no
es de los vuestros. El origen es uno: el Padre. Sois hermanos aunque no viváis bajo el
mismo techo paterno. ¿Y cómo no pensáis en actuar para atraer a los alejados, a los
perdidos, a los infelices, que por diversos motivos están fuera de mi morada?
Dios no es exclusivo de los católicos, y mucho yerran aquellos católicos que no se afanan
por los no católicos. No trabajan por el interés del Padre, son sólo parásitos que viven del
Padre sin darle ayuda filial. Dios no tiene necesidad de ayuda porque es potentísimo. Pero
de todos modos la quiere de vosotros.
Dios circula como sangre vital en las venas de todo el cuerpo del Universo. De este gran
cuerpo creado por Él, la Catolicidad es el centro. ¿Pero cómo podrían los miembros más
lejanos ser vivificados por Dios si el centro se encerrase en sí mismo con su Tesoro y exclu-
yese a los miembros del beneficio?
Dios está también donde distinta fe o distinto espíritu hace pensar que no esté. Y en
verdad os digo que no es lo que aparece lo que es verdadero. Muchos católicos están
desprovistos de Dios más de cuanto lo esté un salvaje. Porque muchos católicos tienen de
hijos de Dios sólo el nombre, peor: escarnecen y hacen escarnecer este nombre con las
obras de una vida hipócrita, cuyas manifestaciones son la antítesis de los dictámenes de mi
Ley, cuando no llegan a la abierta rebelión que les hace enemigos de Dios. Mientras que en
la fe de un no católico, equivocada en la esencia pero corroborada por una vida recta, está
más el signo del Padre. Éstas son sólo criaturas que tienen necesidad de conocer la Verdad.
Los hijos falsos, en cambio, son criaturas que deben conocer, además de la Verdad, el Res-
peto y el Amor hacia Dios.
Las almas que quieren ser mías deben tener misericordia de estas otras pobres almas.
Pero las almas víctima deben inmolarse, también, por ellas. ¿Hice Yo de otra forma? ¿No me
inmolé por todos? Si es misericordia dar de comer, vestir, dar de beber, enterrar, instruir,
consolar, ¿qué no será obtener, a precio del propio sacrificio, la Vida verdadera para los
hermanos?
¡Si el mundo fuera misericordioso!... El mundo poseería a Dios, y lo que os tortura caería
como hoja muerta. Pero el mundo, y en el mundo especialmente los cristianos, han sustituido
el Amor por el Odio, la Verdad por la Hipocresía, la Luz por las Tinieblas, Dios por Satanás.
Y Satanás, allí donde Yo sembré Misericordia y la hice crecer con mi Sangre, esparce sus
abrojos y los hace prosperar con su soplo de infierno. Vendrá su hora de derrota. Pero por
ahora viene él porque vosotros le ayudáis.
Pero bienaventurados los que saben permanecer en la Verdad y trabajar por la Verdad. Su
misericordia tendrá el premio en el Cielo» .

sábado, 5 de enero de 2013

CREO QUE HOY DIRÍA LO MISMO

20 de marzo de 1945
Habla el Padre Santísimo:
«Os parece dura la palabra que expresa la verdad. Querríais solamente palabras
misericordiosas. ¿Podéis reconocer que merecéis misericordia? ¿Acaso no es
misericordia también la Voz severa que os habla de castigo y os incita a arrepentiros?
¿Acaso os pentís?
Este deseo de oír solamente promesas de bondad, esta manía de recibir de Dios
sólo caricias, es la desviación de la Religión. Habéis convertido en epicureísmo
también este principio sublime que es la Religión referida al Dios verdadero.
Pretendéis deleite de ella pero no queréis dedicarle esfuerzo. Queréis descansar en la
cómoda transacción entre lo que os ordena la Religión y lo que os place. Y pretendéis
que Dios se avenga a esta adaptación. En otras épocas, este vicio espiritual se llamaba
“quietismo” y aún lo llaman así los doctores del espíritu. Yo soy más severo y lo llamo
epicureísmo del espíritu.
Querríais recibir de la Religión, de Dios, de su Palabra, sólo lo que acaricia los sentidos,
porque os habéis rebajado tanto que habéis
convertido en sensual hasta el espíritu. Por eso queréis ofrecerle sensaciones y
estremecimientos completamente humanos. Parecéis los enajenados de otras religiones que,
con oportunas ceremonias, provocan un estado psíquico anormal para gozar de los falsos
éxtasis de sus paraísos.
Ya no comprendéis la grande, la mayor misericordia de Dios. Y llamáis dureza,
espanto, amenaza, lo que es amor, consejo, invitación al arrepentimiento para obtener
gracias. Queréis palabras misericordiosas. ¿Decís que las queréis para que os den las
fuerzas para resurgir? No mintáis. Os gustarían porque son dulces. Pero igualmente,
para los labios de Dios, vuestro sabor sería amargo como el veneno.
¿De qué sirven las palabras misericordiosas, las visiones plenas de amor que se os brindan
desde hace un año como última prueba de elevación hacia Dios de vuestras almas
paganizantes? A muchos les sirve para deleite, a algunos para su ruina y a un pequeño
número tremendamente exiguo para la santificación. De este modo, continúa el destino de
Cristo: el de ser un signo de contradicción para muchos.
Hoy hablo Yo. ¡Oh culpables más culpables que los sodomitasl!, hablo para demostrar que mi
misericordia aún es infinita, visto que no os sepulta bajo una granizada de fuego.
Se ha dicho: “Castigas a los descarriados poco por vez, les reprendes por sus faltas y les
amonestas para que se aparten de la perfidia y crean en Ti”'. ¿No han ido aumentando poco a
poco estos periodos tremendos? ¿Os he dejado azotar de un modo infernal en una sola vez?
No es así. Hace decenas y decenas de años que el castigo va aumentando en cuanto al modo y
la duración, dándoos de tanto en tanto una milagrosa ayuda que os liberaba de él y que
usabais para preparar, por vuestra misma voluntad, un flagelo aún más cruel.
No mejorasteis nunca. ¡Oh, vosotros que escarnecéis a Dios!, siempre ha aumentado vuestra
maldad y vuestra falta de fe. ¿Y ahora qué he de hacer? Si no supiera cómo os he creado,
ahora me preguntaría si tenéis un alma, porque vuestras obras son peores que las de seres
bestiales. ¿Os disgusta oíroslo decir? ¡Pues no obréis de modo tal de merecer estas palabras!
En el Libro de la Sabiduría se leen estas palabras dirigidas a los Cananeos: “Aborrecías a los
antiguos habitantes de tu tierra santa
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1 Génesis 19, 24-25.
2 Sabiduría 12, 1-2.
porque sus obras, cumplidas con prácticas mágicas y ritos sacrílegos, eran
abominables ante Ti. Mataban sin piedad a sus pequeños, comían las entrañas de los
hombres y bebían la sangre en tu sacra tierra. Quisiste destruir a esos padres, verdugos
de almas indefensas...”.
¡Oh generación de hombres de esta época!, ¿no os reconocéis en estos
antepasados vuestros? Yo sí que os reconozco. Respecto a ellos, vuestra perfidia ha
aumentado, se ha hecho más satánica. Pero seguís perteneciendo a esa ralea que
detesto. El satanismo se ha difundido tanto hasta convertirse casi en la religión de los
estados. Ya sea entre los grandes o entre los modestos, entre los cultos o entre los
ignorantes, y hasta en la casa de los ministros de Dios, se quiere conocer y se cree
conocer a través de magias que tienen un sello inconfundible: el sello de Satanás.
¿No realizáis los sacrificios de los cananeos? ¡Los hacéis aún peores! No inmoláis
las carnes sino vuestras almas y la de vuestros semejantes, conculcando el derecho de
Dios y la libertad del hombre. En efecto, habéis llegado hasta tal punto que, con la
burla o con la fuerza, quebrantáis las conciencias que aún saben mantenérseme fieles,
las arrojáis del trono de su fe, que las eleva a Mí, y las corrompéis con doctrinas
malditas o las matáis, porque haciéndolo creéis despojarlas de la fe. No; por el
contrario, de este modo las ataviáis con una fe incorruptible. Mas, que la maldición
recaiga sobre vosotros porque sembráis la corrupción para arrebatar fieles a Dios.
¿Y no os reconocéis en esos antepasados vosotras, generaciones de padres que sin piedad
matáis moralmente a vuestros hijos al comunicar a esos inocentes vuestra incredulidad,
vuestra sensualidad, toda la cohorte de racionalismo y de bestialidad de que estáis saturados y
que ahora, ahora, ahora que estos hijos ya no están sostenidos por ninguna columna
espiritual, termináis de matarles en lo que les queda, es decir, en la carne, pues permitís qué
de esa carne hagan mercancía como bestias lujuriosas, y es más, aprobáis satisfechos porque
ese mercado os permite satisfaceros y gozar con el sacrificio de vuestros hijos?
¡No, no exagera el Libro de la Sabiduría cuando os llama verdugos de almas
indefensas! Cuidáis más a la bestia que criáis para venderla y a la planta que cultiváis
para obtener los frutos, que a
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3 Sabiduría 12, 3-7.
vuestros hijos. Ellos son débiles mas no los fortificáis, pues no les dais ni la religión de Dios
ni, al menos, la de la honestidad cívica y del amor familiar.
Padres, ya no sois los tutores de los menores. Madres, para vuestras criaturas no
sois ángeles, sois ídolos. No cumplís el fin al que os he destinado. Abdicáis de
vuestros deberes y de vuestros derechos. Me causáis horror. Sois ídolos idólatras: sois
ídolos, porque carecéis de espíritu. Sois idólatras, porque adoráis lo que es todo menos
espíritu. Habéis adorado al hombre; habéis permitido que se llegara al culto del
cuerpo, que se volviera al culto del cuerpo, tal como lo practicaban los paganos
cuando Cristo les encontró, o los neo paganos, que son culpables de paganismo
doblemente, porque lo eran y porque siguieron siéndolo aún después de haber recibido
la verdadera religión.
Y además, en los lutos, en las alegrías, ¿qué hacéis? Practicáis la idolatría. Veneráis, adoráis
lo que es perecedero. No pensáis en el espíritu y en El que lo creó. Y eso “es un engaño para
la vida humana, pues los hombres, secundando la afición o la tiranía, dan a la piedra o al leño
o a la tela pintada el Nombre incomunicable”4. Yo, sólo Yo, soy Dios.
¿Os parece que os fustigo? Y entonces oíd: “Ni les bastó haber errado en el conocimiento de
Dios sino que, viviendo en la dura guerra de la ignorancia, llaman paz a tan graves males. Ya
inmolan a los hijos, ya hacen misteriosos sacrificios, ya transcurren las noches en orgías
infames. No conservan puros ni la vida ni los matrimonios. Por el contrario, uno mata al otro
por envidia o le humilla con adulterios. Todo es un caos de sangre, homicidios, robos,
fraudes, corrupción, deslealtad, desorden, perjurio, vejación de los buenos, olvido de Dios,
contaminación de las almas, inversión de los sexos, inconstancia en los matrimonios,
adulterios, libertinaje, porque el abominable culto a los ídolos es causa, principio y fin de
todos los males. O se dan a frenéticas juergas o vaticinan falsedades o viven en la injusticia y
perjuran sin vacilar pues, dado que confían en ídolos inanimados, no temen que el jurar en
falso pueda perjudicarles”.
Mas, ¿se trata de la Sabiduría dictada un siglo antes de Cristo o de algo dictado en los
momentos actuales? ¿Y aún pretendéis pala-
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4 Sabiduría 14, 21.
5 Sabiduría 14, 22-29.
bras de misericordia?
¿No habéis visto nunca a un pueblo que huye bajo una colosal granizada? Huye
veloz pero igualmente el granizo le azota porque los gruesos granos les persiguen por
doquier. Si tuviera que hablar según lo merecéis y os hablara como quien soy, como
Dios Padre, seríais como esas gentes azotadas por una colosal granizada.
Habla la Bondad y no entendéis. Habla la Justicia y la consideráis injusta. Tenéis
miedo y no os corregís. ¿Sois tontos o criminales? ¿Sois locos o endemoniados? Que
cada uno se examine. ¿Y por gentes como éstas se mandó a morir al Hijo del Padre?
En verdad, si fuera posible encontrar un error en Dios, se diría que ese Sacrificio
fue un error, porque su infinito valor es nulo para demasiada gente. Sí, digo que fue un
error. Un error que es testimonio de mi Naturaleza. Sí, ¡oh, hombres que, a pesar de
ser tan culpables, juzgáis que Yo no os trato con misericordia!, porque si Yo no fuera
Amor, no os habría concedido la Redención. Sí, porque si en verdad hubiera tenido
que obrar como vosotros, que pretendéis el 100 por 100 y hasta el 1000 por 100
cuando hacéis aun el mínimo bien, Yo no habría tenido que concederos la gracia
jamás. Porque desatendéis, burláis, convertís en desgracias, todas las formas de gracia,
empezando por la de la Sangre derramada por vosotros.
Hoy Jesús no habla y el pequeño Juan no ve. Hoy hablo Yo para deciros que hoy, como hace
dos años, mi Pensamiento es el mismo6; para deciros que si callo es porque sé que hablar es
inútil; para deciros que la palabra es amor, que el silencio es amor, que la severidad es amor.
Sólo vosotros sois desamor, en medio del amor soberano que conforma todo lo que proviene
de Dios. Y ésta es vuestra condena»

jueves, 3 de enero de 2013

YO SOY LA VERDAD EL CAMINO Y LA VIDA



Dictado de Jesús a la Vidente María Valtorta.


«Tenlo por seguro. Quien me tiene a Mí lo tiene todo. No tendrá más hambre ni más sed,
según mi promesa, porque cree en Mí. No hablo del hambre y de la sed del pobre cuerpo.
Hablo del hambre y de la sed de vuestro corazón, de vuestra alma, de vuestro espíritu. Tan
sólo el pensamiento de que me tienes cerca te consuela, te sostiene, te nutre totalmente.
No, no me canso de estar cerca de ti. Jesús no se cansa nunca de estar cerca de sus
pobres hijos que sin Él son tan infelices. Mira si me canso acaso de estar en las iglesias
esperándoos, encerrado en un poco de pan para asumir una forma visible para vuestra mate-
rialidad.
Las almas que el Padre me ha dado son el tesoro más dulce que Yo tenga. ¿Puedes
dudar de que Yo trate con amoroso respeto cuanto me ha sido dado por mi Padre?
He bajado del Cielo, donde estaba beatífico en la divinidad excelsa de mi Esencia, para
cumplir este deseo del Padre de salvar el género humano creado por Él. Circunscrito, Yo el
Infinito, a un poco de carne; humillado, Yo el Potente, con figura de hombre oscuro; pobre,
Yo el Dueño del Universo, en un pueblecillo cualquiera; acusado, Yo el sin Mancha, el
Purísimo, de todas las culpas morales y espirituales como rebelde ante la autoridad humana,
subversor de los pueblos, violador de la ley divina, blasfemador de Dios; todo lo he padecido,
todo lo he cumplido para hacer realidad el deseo del Padre.
No, no me canso de estar contigo. Te espero. Cuando llegue tu hora, subirás conmigo a la
vida eterna, porque está reservada para quien cree en Mí. Ya te he dicho 70 cómo aquel que
cree, que realmente cree, se salva. Porque la fe lleva consigo las otras virtudes y hace
practicar las virtudes y la Ley».

Dice Jesús:
«Di al Padre 71, que pide un signo para persuadir a los hermanos de ciertas verdades que
no se pueden negar, que le doy la misma
respuesta que al rico Epulón: "Si no escuchan
a Moisés y a los Profetas, tampoco escucharán aunque un muerto resucite".
Si no escuchan la voz de su conciencia inspirada por Mí, que grita sus advertencias
indiscutibles y verdaderas, si sofocan bajo la incredulidad incluso el resto de sensibilidad que
les queda, ¿cómo quieres que escuchen otras cosas? Si no inclinan la frente ante la realidad
que les sorprende y no recuerdan, no entienden, no admiten nada, ¿cómo quieres que crean
en un signo?
Incluso me niegan a Mí, a pesar de que dicen que no me niegan; ellos son los "doctos" y
han sofocado la bella, santa, sencilla, pura capacidad de creer, bajo las piedras y los ladrillos
de su ciencia, demasiado embebida de tierra para poder entender lo que no es tierra.
¡Ah! ¡María! ¡Cuánto dolor tiene tu Jesús! Veo morir lo que Yo he sembrado a costa de mi
muerte.
Pero ni aunque Yo apareciese me creerían. Pondrían en movimiento todos los utensilios
de la ciencia para pesar, enumerar, analizar la maravilla de mi aparición, exhibirían todos los
razonamientos de su cultura, molestando a profetas y santos para citar, al revés y en el modo
en que les es más cómodo, las razones por las cuales Yo, Rey y Señor de la Creación, no
puedo aparecer.
También ahora, como hace veinte siglos, los sencillos, los niños me seguirían y creerían
en Mí. Los sencillos, porque tienen el mismo corazón, virgen de racionalismo y de
desconfianza y de soberbia de la mente, de párvulos. No. No encontraría en mi Iglesia a los
capaces de creer. Es decir, en el gran ejército de mis ministros encontraría algún alma que
ha sabido conservar la virginidad más alta: "la del espíritu".
¡Oh santa virginidad del espíritu! ¡Qué preciosa eres, querida, predilecta de mi Corazón
que te bendice y te prefiere! ¡Oh santa virginidad del espíritu, que conservas el candor del
Bautismo en las almas que te poseen, que conservas el ardor de la Confirmación en las
almas que te conservan, que mantienes la nutrición de la Comunión en las almas que a ti se
abandonan, que eres Matrimonio del alma con Jesús Maestro y Amigo, que eres Sacerdocio
que consagras en la Verdad, que eres Aceite que limpias en la hora extrema para preparar la
entrada en la morada que os he preparado! ¡Santa virginidad del espíritu que eres luz para
ver, sonido para entender, cuán pocos te saben conservar!
Ves, alma mía. Son pocas las cosas que Yo condeno severamente como esta del
racionalismo que viola y desconsagra y mata la Fe, digo Fe con mayúscula para decir Fe
verdadera, absoluta, real. Yo lo condeno como mi sicario. Es el mismo que Me mata en los
corazones y que ha preparado y prepara tiempos muy tristes para la Iglesia y el mundo.
He maldecido otras cosas. Pero ninguna maldeciré como ésta. Ha sido la semilla de la
que han venido otras, otras, otras doctrinas venenosas. Ha sido el pérfido que abre las
puertas al enemigo. En efecto ha abierto las puertas a Satanás que nunca, como desde que
reina el racionalismo, ha reinado tanto.
Pero está dicho: "Cuando el Hijo del hombre venga no encontrará fe en los corazones".
Por ello el racionalismo hace su obra. Yo haré la mía.
Bienaventurados los que, como cierran la puerta al pecado y a las pasiones, saben cerrar
en la cara las puertas del templo secreto a la ciencia que niega, y viven, solos con el Solo
que es Todo, hasta el final.
En verdad te digo que estrecharé contra el corazón al desgraciado que ha cometido un
delito humano, y se ha arrepentido de él, con tal de que haya admitido siempre que Yo lo
puedo todo, pero tendré rostro de Juez para aquellos que, en base a una doctrinaria ciencia
humana, niegan lo sobrenatural en las manifestaciones que el Padre quisiera que Yo diera.
Uno nacido sordo no puede oír, ¿verdad? Uno que tenga los tímpanos rotos por infortunio
no puede oír, ¿verdad? Sólo Yo podría darles el oído con el toque de mis manos. Pero
¿cómo puedo dar oído a un espíritu sordo si este espíritu no se deja tocar por Mí?
Respecto a las preguntas del Padre sobre el antagonista último, dejamos el Horror
envuelto en la sombra del misterio. De nada os sirve conocer ciertas cosas. Sed buenos y
basta. Vuestra bondad dadla, con anticipo al momento, con el fin de abreviar la duración del
reino monstruoso sobre la raza de Adán.
Respecto al tiempo... 1000,... 2000,... 3000, son formas para dar una referencia a vuestra
mentalidad circunscrita. Es tan cruel la bestial soberanía del hijo del Enemigo -"hijo no de
querer carnal" sino de querer de alma que ha alcanzado el vértice y la profundidad de la
ensimismación con Satanás- que cada minuto será día, que cada día será año, que cada año
será siglo para los vivientes en aquella hora. Pero respecto a Dios cada siglo es milésima de
segundo, porque la eternidad es un ser de tiempo cuya extensión no tiene límite. Es tan
desmesurado ese horror para los hijos de los hombres sumergidos en él, que, en
comparación, la oscuridad dé la noche más oscura será luz de sol meridiano.
Su nombre podría ser "Negación". Porque negará a Dios, negará la Vida, lo negará todo.
Todo, todo, todo.
¿Creéis estar ya? ¡Oh! ¡Pobrecitos! Lo que vivís es como un lejano murmullo de trueno.
Entonces será estruendo de rayo sobre la cabeza.
Sed buenos. Mi misericordia está con vosotros».
Por la noche del mismo 2 de agosto reaparece Jesús doloroso ensangrentado, Aquel que
se ha estrujado a Sí mismo para hacerse licor de vida por nosotros.
Está tristísimo. Sólo me dice dos palabras: "¡Sufro tanto!". Pero me las dice prácticamente
moviendo los labios. No es como las otras veces que le veo triste o sonriente pero siempre
con la boca cerrada, aunque su palabra toca mi espíritu. Ahora mueve los labios y dice:
"¡Sufro tanto!" y el acento es tan triste, tan abatido, que me hiere como una espada.
¿Por qué sufre, especialmente esta noche mi Jesús? ¿Quién lo ha herido, haciéndole
sangrar y llorar? ¿Qué puedo hacer para hacerle sonreír? Entiendo que una culpa grave, no
sé por parte de quien ni dónde, se ha cometido esta noche. Y no entiendo nada más.
Hoy he podido rezar poco, ocupada con los deberes de la hospitalidad. Pero la caridad
hacia los peregrinos es siempre oración, ¿verdad? Por lo cual no pienso que sufra por mí, y
esto me tranquiliza.

¿EN QUIEN CREEN?


Dice Jesús:

¿Y entonces en qué creen si no creen en Mí, eterno? Vivir sin creer es imposible. Quien
no cree en Dios, en el Dios verdadero, creerá por fuerza en otros dioses. Quien no cree en
ningún dios creerá en los ídolos, creerá en la carne, creerá en el dinero, tendrá fe en la
fuerza de las armas. Pero en definitiva, no se puede estar sin creer en nada. La oscuridad del
alma que no tiene fe en ninguna cosa humana o sobrehumana es peor que la oscuridad que
envuelve al ciego. Sólo le queda matar el alma y el cuerpo con muerte violenta.
Cuando Judas no creyó más en Mí, ni en la satisfacción del dinero, ni en la protección de
la ley humana, se mató. ¿Remordimiento por el delito? No. Si hubiera sido eso se hubiera
matado inmediatamente después de darse cuenta de que Yo lo sabía. Pero no entonces, ni
después del beso infame y mi saludo amoroso, no entonces, ni cuando vio que me escupían,
me ataban, me arrastraban entre mil insultos. Sólo después de haber entendido que la ley no
le protegía -la pobre ley humana que con frecuencia crea o instiga al delito, pero después se
desinteresa de sus ejecutores y cómplices, y llegado el caso se vuelve contra ellos y tras
haberles usado les hace enmudecer para siempre suprimiéndoles- y sólo después de
haberse dado cuenta de que el poder y el dinero no le llegaban o eran demasiado mezquinos
como para hacer felices, sólo entonces se mató. Estaba en la oscuridad de la nada. Se lanzó
a la oscuridad del infierno.

De los cuadernos de la vidente María Valtorta dictados por nuestro Señor Jesucristo.

REFLEXION PARA ESTE AÑO 2013


DICE JESÚS:

El mundo muere por no tener ya a Dios por Dueño; vosotros, en particular, morís por no
haber querido a Dios por paterno Dueño. ¡Quisiera Dios que ahora os dirigierais a Él!
En su Nombre está la salvación. La vida es Vida en su Nombre y la muerte es
resurrección. Quien vive en el Señor no morirá para siempre. Son los gigantes, o sea
quienes. alzan su potencia de carne y sangre, soberbia contra el Cielo, quienes atraen el
rayo divino sobre la tierra y caen para no volver a resurgir. Lo han tenido todo en la tierra,
porque para ellos vivía sólo la ley de la carne y de la sangre. Por tanto para ellos ha
terminado el reino eterno y luminoso del espíritu. Acabado desde esta tierra donde, con su
propia mano, lo han matado, y acabado allí donde no existe límite de tiempo, donde no
entran almas muertas.
Cuando en el Cielo da la hora de la indignación y la Justicia desciende para azotar, tened
por norma Caridad y Prudencia. Retiraos, en vez de alborotar como pollastros que ven el
milano, retiraos en vez de murmurar, que juzgar sólo le corresponde a Dios, y orad al Señor.
Caridad y Prudencia para lograr que el Mal sea vencido por el Bien y la Paz triunfe en los
Estados, en las instituciones, en los corazones.